
En la historia de la Torre de Babel, la gente quería llegar a los cielos. De hecho, esta historia todavía nos acompaña. Escondidos en ella se encuentran principios clave que pueden salvar a la humanidad de destrozarse a sí misma.
Demos un salto hacia atrás en el túnel del tiempo, 3,800 años, hasta la antigua Babilonia. Dos figuras emergen en la línea de meta: Abraham y el gobernante regional, Nimrod. Cada uno representaba un enfoque diferente de la vida, una forma distinta de lidiar con el ego, que en ese momento había crecido hasta los cielos.
La visión de Nimrod era simple: cuando el ego crece, no hay nada que hacer al respecto. Para evitar fricciones que no conducen a nada bueno, es mejor separarse. Que cada uno siga su camino, persiga sus ambiciones y construya su propia torre en la vida.
Abraham veía las cosas de otro modo: bajo ninguna circunstancia la gente debía distanciarse. Al contrario, cuando el ego crece y separa a la gente, es una invitación a elevar la relación a un nuevo nivel. El lugar más alto de la vida, explicó Abraham, sólo se puede alcanzar con un esfuerzo común y unido para elevarse por encima del ego.
La mayoría siguió a Nimrod, pero algunos sintieron que Abraham tenía razón. Aprendieron de él, a activar el poder de la conexión cada vez que aparecía la división entre ellos. Aprendieron responsabilidad mutua, solidaridad, bondad y a «amar al prójimo como a sí mismo». De esta base ideológica emergería más tarde el pueblo de Israel.
Para difundir la idea de la unidad, Abraham y su esposa Sara, montaron una tienda y abrieron su mesa a los transeúntes. ¿De qué hablaban? Sólo de amor entre la gente, conexión por encima de todas las diferencias. Estudiaron la naturaleza humana, el ego humano y a lidiar con él, cada vez que había conflictos.
«El amor cubre todas las transgresiones» fue el principio rector. Cada uno es egoísta por naturaleza, quiere usar a los demás en beneficio propio. Como está escrito: «La inclinación del corazón del hombre es mala desde su juventud». Por eso, para construir una conexión genuina, necesitamos la fuerza de unidad, una fuerza superior más fuerte que el ego personal, que pueda tender puentes sobre las brechas entre nosotros.
Esta fuerza existe en la naturaleza misma. Conecta elementos opuestos y desarrolla la vida. Abraham enseñó a descubrir esta fuerza de unidad y a vivir verdaderamente en amor. Cuando todos se relacionan así, surge una sociedad única, una que vive según la ley de responsabilidad mutua, «como un hombre con un corazón».
«Ama a tu prójimo como a ti mismo», en su sentido más pleno, significa que todos nuestros pensamientos y deseos ya no están centrados en nosotros, sino que se centran en los demás. Reemplazamos nuestra percepción de la realidad. Ya no existimos dentro de nosotros, sino dentro de los demás. Nos extendemos a través de la totalidad de la realidad.
¿Qué nos aporta a nivel emocional? Nos sentimos todos como uno solo. Sentimos que la realidad es una. Ya no sentimos que nosotros y la realidad son dos cosas separadas. Sólo hay una realidad. La percibimos realidad como la fuerza superior, como el Creador y en ella sentimos eternidad y perfección.
Este es el nuevo/antiguo inicio de Israel, hoy se espera que tenga una demanda récord. ¿Por qué? Porque las torres que cada uno ha construido para sí ya no dan resultados. Es decir, no traen la verdadera felicidad. Les deseo a todos un lanzamiento con éxito.
De las Fuentes
El hombre fue creado para elevar los cielos
— Rabí Menachem Mendel de Kotzk
Cuando los hijos de Israel se complementen con el conocimiento completo, las fuentes de la inteligencia y el conocimiento fluirán más allá de las fronteras de Israel y regarán todas las naciones del mundo.
— Cabalista Yehuda Ashlag (Baal HaSulam), Introducción a Panim Meirot uMasbirot
“Vete de tu tierra” es decir de tu deseo… que es el amor propio. Por eso, se le dijo a Abraham que dejara atrás el amor propio.
— Cabalista Baruch Shalom HaLevi Ashlag (Rabash)
“Construyamos una gran torre, ascendamos a los cielos… y hagamos para nosotros un gran nombre en la tierra…” La construyeron alta. Si un hombre caía y moría, no le prestaban atención; pero si caía un solo ladrillo, se sentaban y lloraban, diciendo: “¡Ay de nosotros! ¿Cuándo lo reemplazará otro?”. Abram, hijo de Teraj, pasó por allí y los vio construyendo… pero ellos rechazaron sus palabras… Querían hablar unos con otros, pero ya no podían entender su lengua. ¿Qué hicieron? Cada uno tomó su espada y lucharon entre sí hasta la destrucción. La mitad del mundo cayó allí por la espada».
— Pirkei de-Rabbi Eliezer, capítulo 24



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