
¿Cómo debemos afrontar el fallecimiento de una persona, su funeral y el consuelo a los dolientes?
Desde una perspectiva espiritual, el gran objetivo de nuestro desarrollo es comprender el principio «Ama a tu prójimo como a ti mismo», conectar con todos «como un hombre con un corazón». Esta conexión nos llevará a identificarnos con la fuerza universal de la naturaleza, la fuerza que subyace a la creación.
El progreso hacia este objetivo es un proceso recurrente. Por naturaleza, en nuestro corazón surgen deseos opuestos y egoístas, debemos trascenderlos con conexión y amor. Día tras día, deseo tras deseo, estamos llamados a corregirlos de la misma forma.
Una vez corregidos todos nuestros deseos y cuando ya no hay nuevos deseos por revelar, después de entregar el corazón por completo a la sociedad, el cuerpo queda vacío, por así decirlo, sin espíritu de vida.
El espíritu corregido sigue viviendo en la colectividad y la sociedad recibe el cuerpo vacío para su sepultura. Al hacerlo, honramos la vestidura externa, ese cuerpo que alguna vez albergó deseos de amor que fueron transformados y entregados a la colectividad. Lo acompañamos en su viaje final, envuelto en vestiduras blancas que simbolizan entrega y generosidad.
«Que su gran nombre sea exaltado y santificado». La oración del Kadish expresa gratitud. Si una persona corrigió los deseos revelados en su interior, dicho de otra forma, los «santifica», se integra en la conexión perfecta que existe entre todos los seres humanos. En esa conexión se siente la fuerza superior y la gratitud expresada, es por la ayuda que esa fuerza nos da para conectarnos y también para santificarnos.
Los esfuerzos por trascender el ego estrecho, -deseo de disfrutar en beneficio propio y a costa de los demás- y por conectarnos con los demás con amor, es lo que construye el ser interior, la parte que sigue en el mundo. Esta parte eterna no pertenece al cuerpo. Está conectada a todos. Es el espíritu humano. El alma.
El desconsuelo del doliente es símbolo externo de que continúa el proceso de sanación de nuestro ser querido fallecido. Surgirán heridas y fisuras en el corazón, en forma de deseos egoístas, pero trabajaremos para corregirlas y construir relaciones de unidad con los demás. Así seguimos su camino. Es una especie de promesa que le hacemos, un pacto.
Consolar a los dolientes durante los siete días de duelo (Shiva) simboliza cooperación. Quienes vienen a consolar, desean unirse a los dolientes en el seguimiento del camino del difunto. Buscan fortalecerse mutuamente para profundizar la conexión dentro de la sociedad, esto contribuye a elevar el alma.
Las ceremonias conmemorativas después de siete días, treinta días, un año y más allá, son oportunidades para reflexionar: ¿realmente estamos siguiendo su camino? ¿siguen las relaciones positivas que se establecieron?
En verdad, nadie muere realmente, sólo el cuerpo. El espíritu que se aportó a la sociedad, permanece en ella, continúa su labor en el proceso general de mejora, junto con los demás. Por eso, a veces sentimos que quienes ya no están físicamente presentes siguen ahí, nos guían y orientan en la vida.
Esto es cierto, tanto a nivel individual como colectivo. Cada generación existe en la esencia misma de la siguiente. Así como ocurre a nivel fisiológico y se expresa, por ejemplo, en la genética, también existe a nivel espiritual.
Por consiguiente, no hay razón para lamentar la pérdida de alguien que cumplió su tarea en este mundo. Lo más importante es la introspección: ¿Hice todo lo posible por fomentar amor y conexión? ¿trabajé con todo mi corazón para que todos nos sintamos como una sola familia?
Esta reflexión debería hacerse a diario.
En un sentido más amplio, los desastres, problemas y sufrimientos que vemos, en todos los niveles y ámbitos, desde vida personal hasta asuntos globales, especialmente los que nos afectan como nación, son testimonio de que no vamos al ritmo del desarrollo que se nos exige.
El mundo se vuelve cada vez más interconectado e interdependiente, al mismo tiempo, despiertan deseos cada vez más egoístas. Como resultado, los juegos del ego amenazan con hundir el barco en el que estamos juntos.
Sólo una revolución de la percepción puede ayudarnos en este caso: una revolución cultural, educativa y social. Una revolución que genere en nosotros la sensación y comprensión de que la evolución guía a la humanidad para que funcione como un gran sistema.
Como los diferentes órganos del cuerpo, debemos aprender a coexistir en responsabilidad mutua y cooperación.
Nosotros, el pueblo de Israel, estamos llamados a dar ejemplo. Cuando aprendamos a conectarnos entre nosotros con amor, llevaremos a la humanidad a su etapa más elevada de desarrollo, a una existencia en una dimensión espiritual más allá de vida, muerte, tiempo, espacio y movimiento.



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