
La humanidad está atravesando una transición interna muy profunda, aunque externamente parece que todo sigue igual. Por generaciones, nos impulsaron motivos claros, como estudiar, superarnos, desarrollar una carrera, ganar más dinero y tener éxito. Estos objetivos surgen del ego humano, es decir, del deseo de disfrutar en beneficio propio a costa de los demás.
Hoy se está originando un cambio fundamental. Los mismos impulsos siguen presentes, pero poco a poco pierden significado. Empezamos a sentir, tal vez inconscientemente, que ese esfuerzo ya no nos satisface. Podemos alcanzar la cima de la riqueza, estatus y conocimiento, y aun así sentirnos vacíos. Este sentimiento marca una etapa importante en nuestra evolución como especie humana.
La humanidad empieza a superar la búsqueda de satisfacción externa y trata de encontrar, en su interior, un tipo diferente de satisfacción.
La gente aún sigue intentando compensarlo con deportes, viajes, competencias y otros logros, pero, a medida que surge una pregunta más profunda, todo empieza a perder su atractivo. La pregunta es: «¿Para qué sirve todo esto?». Esa pregunta, gradualmente disuelve el valor de todo lo que antes parecía esencial.
¿Y qué nos queda?
Podremos comprender que el verdadero campo de la vida no está fuera, sino en nuestras relaciones con los demás y dentro de nosotros mismos. No está en lo que poseemos, sino en nuestra actitud.
La trayectoria futura de la humanidad apunta hacia un estado en el que nuestra preocupación principal será vivir en conexión tranquila, pacífica y equilibrada. No desearemos dañar a los demás ni generar una atmósfera negativa. En lugar de competir, comparar y tratar de tener más, buscaremos armonía en la vasta red de relaciones humanas.
La vida material no desaparecerá, se volverá mínima y suficiente. Trabajaremos en la medida necesaria para mantenernos a nosotros mismos y a nuestra familia. El trabajo no se sentirá como presión ni como carga, sino como nuestra participación natural en la vida.
Además, la definición misma de trabajo será en nuestro interior. Nuestro trabajo será desarrollar una actitud correcta hacia los demás. Cuando empecemos a sentir que los demás se relacionan con nosotros con la misma calma y benevolencia, entraremos en una existencia completamente diferente. Es como si viviéramos en un campo de buena voluntad mutua, una red de conexión positiva.
En ese estado, la plenitud no vendrá de lo que recibimos, sino de la calidad de la conexión misma.
Y habrá un cambio fundamental. Lo que antes parecía un esfuerzo enorme —superar el ego que nos divide— se volverá natural. Tampoco se deberá a nuestro esfuerzo, sino a la fuerza superior de la naturaleza, la fuerza de equilibrio y armonía, que comenzará a actuar. Cuando dejamos de resistirnos y nos alineamos con este proceso, todo se vuelve más fácil, más tranquilo y casi sin esfuerzo.
Muchos sistemas que hemos construido, como educación, carrera profesional y competencia constante, poco a poco irán desapareciendo del centro de la vida. Aunque ya cumplieron su propósito: hacer que la humanidad reconozca que no son nuestro verdadero objetivo, aquel por el que vale la pena invertir tiempo y esfuerzo.
La humanidad se encamina hacia un estado de equilibrio interior, consideración mutua y conexión serena.
En esa quietud, en esa red tranquila de relaciones, podremos percibir la fuerza subyacente de la naturaleza misma: la fuerza de amor, generosidad y conexión plena.
En esa etapa, la vida se vuelve simple, armónica y pacífica. Es decir, tendremos lo que requerimos, haremos lo necesario y el resto de la vida lo viviremos en conexión amorosa con los demás. No sucederá de la noche a la mañana, pero el camino ya está trazado.



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