
La vida es una sucesión de conexiones entre nosotros y el entorno y todos los problemas comienzan con la mala comunicación. Cada vez menos personas se entienden, los hijos no entienden a sus padres y los padres no se entienden entre sí. Lo mismo ocurre en el trabajo, en la calle, en la sociedad, dentro de un país y en la humanidad. Cuando entendamos que esta es la raíz de los innumerables problemas que enfrentamos, podremos avanzar hacia un nuevo nivel de comunicación.
El problema comienza con que, en el fondo de cada conexión hay un cálculo: «¿Qué satisfacción lograré en esta conexión?» «¿Qué ganaré?»
Cada uno ve a los demás como fuente de beneficio propio, este tipo de comunicación puede definirse como unidireccional. Y conduce a conflictos, discusiones, luchas y guerras. Es agotador, decepcionante y asfixiante.
De aquí surge la sensación de que no tenemos energía para nadie y nuestro sueño máximo se convierte en un rincón tranquilo, en vivir en una isla aislada sin interrupciones.
Pero así, no podemos encontrar paz ni felicidad ni plenitud verdaderas. Lograr paz, felicidad y plenitud, requiere cambiar la forma en que nos relacionamos con el entorno. ¿Por qué? Porque es imposible sentir satisfacción y tranquilidad en soledad. Es una ilusión.
Se pueden ver indicios de esto en todo lo que adquirimos, ya sea ropa, coche, casa, trabajo, relación o cualquier otra cosa, incluso una buena comida. En poco tiempo, el placer que obtenemos de lo que adquirimos se desvanece como si nunca hubiera existido y volvemos a sentirnos insatisfechos, ahora incluso con mayor intensidad.
Los sabios, que estudiaron este fenómeno en profundidad, escribieron al respecto: «Nadie muere con la mitad de su deseo en la mano» y «Quien tiene cien quiere doscientos». Descubrieron que, por naturaleza, estamos conectados dentro de un mismo sistema y la única forma de recibir plenitud, satisfacción y bienestar es, en los demás. Eso requiere un tipo de comunicación fundamentalmente diferente: una comunicación complementaria.
Si en la comunicación unidireccional pienso en mí y el cálculo es «¿qué obtendré de ti?», en la comunicación complementaria la intención que me impulsa es «¿qué te daré?». Todo lo que tengo es para tu beneficio. Te siento y comprendo tu carencia, me incluyo en tu deseo y me pongo a tu servicio.
¿Qué gano con esto? Pregúntale a cualquier madre que cuida a su bebé. Cuando tiene la oportunidad de darle, siente felicidad inmensa. ¿Por qué? Porque, por así decirlo, añadió a su vida un nuevo espacio de recepción y al satisfacerlo, se siente plena y realizada. Claro que, en una madre, esto ocurre de forma natural, pero sugiere la dirección deseada del desarrollo.
La comunicación complementaria implica sabiduría y un método que requiere aprendizaje y práctica, se da cuando una persona se conecta con otra con amor. Mientras más distantes y opuestas sean, mayor será la brecha entre ellas; si desarrollan la capacidad de conectarse más allá, se multiplica la fuerza de la conexión, el placer y la alegría. En general, la comunicación que mantenemos actualmente se basa en la sensación de que cada uno es independiente de los demás y esta percepción moldea nuestra visión del mundo. Cuando comencemos a desarrollar una comunicación basada en conexión y complementariedad, gradualmente descubriremos que el mundo entero somos nosotros, que no hay extraños a nuestro alrededor, ni fronteras ni barreras ni dominios separados de «mío» y «tuyo», sino que todo es un solo dominio. No existe más que una fuerza: la fuerza de la naturaleza. Es la fuerza más interna, elevada y fundamental que existe, la fuerza de amor total, eterno y perfecto.



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