
Una persona no puede confiar en los sentimientos y deseos que surgen dentro de un mundo y un cuerpo egoístas. No hay verdad en nuestros deseos. Todos los pensamientos y sentimientos son, en esencia, egoístas por naturaleza. Por lo tanto, no tiene sentido intentar analizarlos internamente para decidir cuáles son “correctos” o “incorrectos”, porque todos están distorsionados desde el inicio.
El único trabajo real que una persona puede hacer es atraer lo que la Cabalá llama “la luz superior”. Es una fuerza o influencia que podemos atraer hacia nosotros desde un nivel más elevado de la realidad, uno que opera bajo leyes altruistas completamente opuestas: amor, otorgamiento y conexión armoniosa. Al atraer esta fuerza, esta comienza a revelarnos gradualmente nuestra verdadera naturaleza: pensamientos y sentimientos completamente dirigidos hacia uno mismo, egoístas y corrompidos. El grado de esta revelación nos permite corregir nuestra naturaleza egoísta en consecuencia. No podemos aferrarnos a aquello que claramente nos perjudica, incluso desde un punto de vista egoísta, ya que en el momento en que reconocemos lo que nos daña, naturalmente buscamos evitarlo. Sin embargo, este reconocimiento no proviene del ego, sino de la influencia de la luz superior.
La base de nuestra naturaleza es el deseo, lo que en Cabalá llamamos “el corazón”. El pensamiento, o la mente, existe únicamente para servir al deseo. Su función es ordenar, calcular y dirigir cómo puede cumplirse un deseo. Por eso, una persona está compuesta por un corazón y una mente.
Primero surge el deseo de disfrutar. Luego aparece el pensamiento sobre cómo realizar ese deseo. El deseo es primario; el pensamiento es secundario. La razón no gobierna al deseo, sino que lo sirve. La inteligencia es simplemente una herramienta que se nos ha dado para gestionar los deseos de manera má



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