Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

Un pequeño paso hacia la consideración, un gran paso para la sociedad

En la tosca realidad israelí es difícil soñar con algo bueno. ¿Quién no pediría pasar el día en paz, sin demasiados dramas? ¿Quién  no siente el peso de la armadura con la cual se viste cuando sale de su hogar listo para la guerra? Reconózcanlo: ¿Cuándo fue la última vez que se enfurecieron por los conductores que les cortaron el paso para meterse al principio de la larga cola del tráfico? ¿Cuándo lucharon por un espacio de estacionamiento o por el turno en la caja del supermercado? ¿Cuándo fue últimamente que les maldijeron o que bloquearon un comentario en el Facebook?

Hay entre nosotros una guerra diaria agotadora; y es la peor guerra, que lo arruina todo y nos amarga la vida. En esta guerra es imposible culpar solo al gobierno, a la derecha, a la izquierda, a los capitalistas, a los medios de comunicación. Lo que realmente carcome las relaciones entre nosotros y evita que vivamos placenteramente, es el ego, la fuerza que nos separa. Es la raíz de todo mal, la causa natural por la que nos sentimos en una incesante guerra de supervivencia. Pero seamos honestos con nosotros mismos, en cada uno de nosotros existe un fragmento de ego, una parte que contribuye a enturbiar la atmósfera y  despierta hostilidad y odio.

En cada uno de nosotros existe también la capacidad de cambiar la situación, la responsabilidad de recobrar los aires originales que empujaron a nuestro pueblo: un espíritu de hermandad y conexión, de calidez y preocupación el uno por el otro. Nosotros estamos sedientos de ello. Sedientos de permitir que la oculta unidad social y la calidez israelí se infiltren en nuestra realidad cotidiana.

Por eso, elevémonos por encima de la división y actuemos con consideración mutua, así como nuestros padres nos incitaban hacerlo cuando éramos pequeños. ¿Recuerdan? Traten de no pelearse, traten de quererse uno al otro, traten de ser buenos hermanos. Dale la mano, abrázalo, déjaselo, pídele perdón.

Es verdad. Hemos crecido desde entonces. El ego se infló, el orgullo se hinchó, nos aterra ser los tontos del cuento, pero las reglas son las mismas reglas. Nuestra función es ser como padres unos de los otros, dar ejemplo a los demás para dar el primer pequeño paso de consideración: uno no maldecirá, el segundo no tocará la bocina rudamente, el tercero no cortará el paso. Habrá quienes no chismearán, no despreciarán, no insultarán. Cada uno comenzará el juego desde donde le es más fácil.

Ciertamente es algo infantil a nuestra edad, pero este ejercicio no es ningún juego infantil. Estas relaciones son la manifestación de un deseo interior, la copia del sistema natural que aspira actuar como una sola unidad, y esto será lo que introducirá lo positivo a nuestras vidas. La naturaleza es circular y considerada, y nosotros no. Por eso, un pequeño esfuerzo para acercarnos unos a otros despertará una fuerza positiva de conexión que permitirá que salgamos de nosotros mismos; un recurso natural escaso que convertirá nuestro juego en un sentimiento real de preocupación mutua.

En la medida que intentemos más y más, despertaremos más y más. Sentiremos cómo la actitud hacia el prójimo comienza a ablandarse, cómo las renuncias se hacen más fáciles, cómo el corazón cálido emerge de entre las cáscaras y se abre a los demás. Junto a la famosa “Jutzpá” (insolencia) israelí coronada de espinas, florecerá un abrazo israelí.

Hagámoslo juntos, un mes, una semana, un día, una hora. No es necesario preocuparnos todo el tiempo de nosotros mismos y luchar por nuestro sitio. Basta con que dejemos lugar en nuestro interior para preocuparnos de los demás, y ellos por nosotros. Y así comenzarán a soplar nuevamente los vientos de la garantía mutua, y ese espíritu irradiará también para nuestros soldados y conductores, maestros y padres, niños y adultos.

Así, en pequeños actos, pero consistentemente y determinadamente, fundaremos una sociedad ejemplar como la sociedad israelí que estamos destinados a ser. Daremos un nuevo carácter a términos desgastados como ‘ama a tu prójimo como a ti mismo’, un carácter social, humano, espiritual, y seremos el ejemplo para toda la humanidad.

Extraído del periódico “HaUmá”

Publicado en: News

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