
A lo largo de la historia ha habido atletas como Brumel o Yuri Vlasov que soportaron lesiones o enfermedades terribles. Pero, se recuperaron y superaron lo que parecía un destino imposible. Cuando esas pruebas aparecen en la vida de una persona, no es casualidad. Todo lo que le sucede, en última instancia, se integra al acervo común del alma colectiva de la humanidad. Con su destino, estas personas aportan algo importante al desarrollo de todos.
¿Qué le aportan a la humanidad? Elevan el nivel de lo que es ser humano. Demuestran que se pueden superar y acercarse al Creador —fuente de amor, generosidad y conexión que nos creó y nos sustenta— y revelar una mayor fortaleza de espíritu. No importa si conscientemente piensan en el Creador o no y no digo que sean santos. Pero gracias a su vida, elevan el listón para la humanidad y demuestran nuevas posibilidades del espíritu humano.
Al mismo tiempo, no estoy a favor del sufrimiento en sí. Algunos creen que el sufrimiento, ennoblece a la persona, que debería buscarlo o glorificarlo. Es incorrecto. El sufrimiento únicamente tiene sentido bajo ciertas condiciones. Si comprendemos que lo que padecemos ayuda a la corrección o al progreso de otros, es decir, si facilita el camino de alguien más, lo inspira o lo fortalece, el sufrimiento puede tener valor. Pero, si sólo está en nuestra imaginación, si sólo sirve a nuestro sentido egoísta de heroísmo, no tiene un propósito mayor.
Cuando el sufrimiento se convierte en ejemplo que anima a otros, cuando demuestra que el ser humano puede resistirlo y superarlo, contribuye al progreso colectivo de la humanidad.
Asimismo, a menudo hablo de anularnos ante el destino y ante lo que el Creador dispone. Y no es sumisión ciega ni pasividad. Es llegar a un acuerdo razonable con la situación que se nos presenta. Incluso cuando la enfermedad o las dificultades aparecen, debemos decirnos: «Viene del Creador y debe tener su lugar en mi camino».
Cuando aceptamos esa situación, algo cambia en nuestro interior. Aceptar nos da tranquilidad interior. Dejamos de luchar contra la realidad de forma destructiva y aceptamos lo que se nos da como parte de nuestro destino. Aceptarlo es casi como un analgésico. Suaviza el dolor, porque ya no nos sentimos en oposición a lo que sucede.
Este estado se llama anulación. Es la capacidad de estar de acuerdo con el gobierno del Creador, de aceptar lo que viene con comprensión en lugar de resistencia y tener confianza en que debemos esforzarnos para alcanzar ese estado.



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