
Miriam, Yael, la reina Esther, Hannah la estéril y Ruth la moabita. ¿Qué podemos aprender de estas figuras femeninas para construir una sociedad mejor?
Cuando Moisés fue colocado en la cesta, Miriam lo vigiló. Y cuando la hija del faraón lo sacó del Nilo, Miriam apareció de inmediato y ofreció ayuda para encontrarle una nodriza. Yael, con su ingenio, provocó la caída de Sisera, comandante del ejército enemigo. Y la reina Esther, con sabiduría y astucia, guió a Asuero y a Amán, hasta que logró salvar a su pueblo.
Sin duda, las narrativas bíblicas encierran una sabiduría profunda. Sin embargo, incluso en el nivel más básico, podemos identificar rasgos recurrentes entre mujeres destacadas: sabiduría, flexibilidad, pensamiento estratégico, discreción, influencia entre bastidores y alguna forma de iniciativa ingeniosa que genera cambio positivo.
Lo mismo ocurre en el ámbito familiar. La fuerza femenina es la que pone todo en marcha. Los deseos de la madre impulsan a sus hijos hacia el desarrollo y el éxito. El padre, como bien sabemos, también suele dejarse guiar por ella. Otra característica femenina es la cercanía con la naturaleza y con el sistema de la vida misma. La mujer nutre al feto en su vientre, da a luz y siente la creación desde dentro. Tiene la capacidad de nutrir, dar, alimentar y cuidar a los demás.
La mujer, en esencia, es la madre. Es la tierra. De ella nacen y crecen los seres humanos, tanto física como espiritualmente. Ciertamente, la fuerza masculina tiene su propio papel en el mundo, pero no puede entenderlo plenamente sin la guía de la fuerza femenina.
En un sentido más amplio, la realidad en la que vivimos, está cada vez más interconectada. La interdependencia crece y todos estamos en el mismo barco. Aunque, al mismo tiempo, el ego sigue creciendo sin control. Cuando las relaciones en todos los niveles se desmoronan, necesitamos la sabiduría femenina: la sabiduría de la madre.
«Dejen de pelear», nos dice una y otra vez. «Sean buenos niños».
Lenta, paciente y persistentemente, inculca nuevos hábitos y comportamiento más saludables. No confronta nuestro ego, como suelen hacer los hombres cuando se lanzan a la batalla. Trabaja con delicadeza, indirectamente y con creatividad.
Es una de las lecciones más importantes que podemos extraer de estas historias bíblicas. Como sociedad, debemos actuar con sabiduría. Necesitamos construir procesos educativos y culturales que nos permitan sentir que es mejor conectarse con los demás, que librar batallas interminables contra todos y todo lo que nos rodea.
Otro tema recurrente en la Biblia es la esterilidad. Sara era estéril. Raquel era estéril. Hannah es quizás el ejemplo más famoso. A nivel social, la esterilidad simboliza un mundo que no funciona correctamente, falta de una conexión sana que pueda traer desarrollo positivo.
Aquí es importante comprender un principio clave, relacionado con el significado profundo de la Torá y la esencia misma de la nación de Israel.
Nuestra historia comienza con Abraham, quien descubrió que la naturaleza está unida y que una fuerza única subyace a la realidad y nos guía hacia la unidad completa. Basándose en este descubrimiento, comenzó a enseñar a relacionarnos con bondad y amor. Pero, sólo una pequeña parte de la humanidad de aquel entonces, estaba preparada para asimilar una idea tan elevada. Con el tiempo, de ese grupo surgió el pueblo de Israel.
En su nivel más profundo, las historias de la Torá describen la lucha entre la tendencia egoísta natural de la humanidad y la necesidad de cultivar conexión y amor. Todos los personajes y conflictos, representan una batalla por decidir si avanzaremos hacia una realidad donde «todos somos una sola familia» o permaneceremos atrapados en el ego común. Cuando el ego nos dominó y caímos en odio infundado, sobrevino la destrucción.
Las mujeres que oraron por tener hijos —incluida Hannah, cuya oración es especialmente conocida— simbolizan el anhelo espiritual de dar a luz a una sociedad corregida. Una sociedad que se asemeje a la fuerza cuyas cualidades son benevolencia, amor y generosidad pura.
La oración, en este sentido, es la carencia interior profunda, el sentimiento de que «debo corregir al mundo».
Hannah oró con todo su corazón y se le concedió a Samuel, quien contribuyó enormemente a la sabiduría y a la unidad de la nación.
La historia de Ruth la moabita retrata a una mujer que lo dejó todo para unirse al pueblo de Israel. Ruth simboliza el deseo femenino de afrontar cada desafío y dificultad en busca de un ideal superior.
De su linaje surgió el rey David, cuyo papel nos recuerda que, en última instancia, todos los seres humanos deberán unirse en amor como una sola familia.
«Todas las naciones fluirán hacia ella» y «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos», declararon los profetas.
El pueblo de Israel simplemente es el proyecto piloto, el grupo pionero en el que debe formarse el ejemplo de conexiones amorosas, por encima de la división.
Si deseamos que nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos tengan éxito, seguridad, salud y plenitud, necesitamos crear un entorno que funcione como una familia buena.
Esta aspiración está profundamente arraigada en el alma israelí y desde allí, puede extenderse a la humanidad. Los lazos familiares garantizarán que nadie desee hacernos daño y que todos anhelen unirse en conexión y amor.
Todo depende, principalmente, de la «Gran Madre», la «Mujer Sabia», quien impulsará al mundo a cumplir su poderoso anhelo interior: que haya paz en el hogar, que todos vivan en unidad y complementariedad mutua.
Esta es la felicidad de la madre y todas las fuerzas de la naturaleza acudirán en su ayuda.


