Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

La pandemia que quitó la máscara a la humanidad

mascarillas

Si hay un elemento visible que personifica el cambio drástico en nuestro estilo de vida, debido a la pandemia, es el uso masivo de mascarillas. Nuestra nueva sociedad, casi sin rostro, abre una perspectiva completamente nueva a las interacciones personales. Algunos estudios sugieren que un rostro cubierto, puede generar sospechas. Por otro lado, el coronavirus logró deslizarse a través de la mascarilla de la humanidad y reveló nuestro comportamiento egoísta, nos da oportunidad de elevarnos por encima de las barreras externas y penetrar profundamente en el corazón de los demás.

El uso de mascarillas para prevenir el contagio de coronavirus es un paradigma cultural extraño para el mundo occidental, por lo que «en principio podemos desconfiar de otros», dijo Francis Dodsworth, profesor de criminología en la Universidad de Kingston en el Reino Unido, en el contexto actual, en el que académicos alrededor del mundo debaten sobre el efecto de esta nueva condición social en las relaciones interpersonales.

El rostro, igual que el cuerpo, transmite información que nos ayuda a obtener pistas de comunicación no verbal. El rostro nos ayuda a entender al otro y saber quién es la persona que está frente a nosotros y cuáles son sus sentimientos e intenciones. Por lo tanto, el requisito de usar mascarillas en lugares públicos, por el coronavirus, redujo la transmisión de mensajes interpersonales y obstruye nuestra comunicación no verbal.

Una bendición disfrazada

Por mi parte, creo que nuestra realidad de usar mascarillas es una situación buena e interesante. Es favorable comprender que no conocemos ni reconocemos a la persona que está frente a nosotros. Es mejor relacionarse con ella, como con un extraño al que realmente no entendemos. Pues, no conocemos ni los deseos ni las intenciones de los demás, no tenemos ni idea ni forma de saberlo.

Una situación tan nebulosa nos exige concluir que simplemente, tenemos que hacer un gran esfuerzo para conocer a la persona detrás de la mascarilla. Deberíamos alcanzar un nivel de comunicación que active una demanda interna en nosotros, para que el otro abra su corazón. No debemos buscar signos en la expresión facial, una sonrisa o un giro de su boca, todo esto es externo. Más bien, debemos conectarnos con el corazón y así, nos sentiremos seguros de que hay buenas intenciones. Y si nos comportamos con la misma buena intención, con responsabilidad mutua, cooperación y una actitud positiva, no necesitaremos más mascarillas ni disfraces, porque habrá confianza.

La COVID-19 es muy astuta. Sus acciones no son simplemente cuestión biológica, sino que, a través de la materia, el virus nos maneja y nos enseña a ser humanos. La naturaleza, como lo muestra el coronavirus, nos exige que cambiemos nuestras conexiones interpersonales. Si mantenemos buenas interacciones mutuas, podremos disfrutar de relaciones provechosas. Si no hacemos ningún esfuerzo para mejorar la calidad de nuestras interacciones, no podremos acercarnos de ninguna manera. Estaremos bloqueados, incapaces de comunicarnos, con una enorme sensación de rechazo que, incluso sin mascarillas y alejados, no nos permitirá unirnos más allá de la superficialidad.

Para alcanzar la forma correcta de comunicación, que es la base sólida de cualquier relación, debemos cambiar y adaptarnos a la forma estandarizada de interacción que existe en la naturaleza, que es simbiótica y cooperativa. Nuestra siguiente etapa, será crear algo más cualitativo que la simple conexión de dar y recibir, enfocar nuestra conexión en beneficiar realmente a los demás con un vínculo arraigado en la amistad y la cercanía de los corazones.

Hasta que nuestros corazones estén cerca y nos consideremos como una sociedad caracterizada por consideración y buena actitud, continuaremos usando mascarillas. De hecho, lo que tenemos que hacer en este momento, es poner una cortina sobre nuestros deseos egoístas y comunicarnos sinceramente con nuestros semejantes, por encima de la cobertura de ese deseo egoísta. Es decir, que nuestra intención y pensamientos deben ser en beneficio de los demás y no en su contra. A medida que cerremos el telón sobre los deseos egoístas que surjan, gradualmente abriremos el corazón hacia el otro, como un canal de comunicación y comprensión positiva. Así, la humanidad pondrá su mejor cara por delante.

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