Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

¿Debemos competir o cooperar para vivir la mejor vida posible?

competición colaboración conexión ego
Imagen de Andrea Piacquadio en Pexels

La base de la sociedad moderna es el ego, es decir, el deseo de disfrutar en beneficio propio a costa de los demás. Desde la infancia, se nos enseña que el éxito es superar a los demás, estar por encima de ellos, ganar más, lograr más y alcanzar una posición mejor. Mientras mayor es el ego de una persona, mayor es su oportunidad percibida de triunfar.

Sin embargo, este sistema egoísta está llegando a su límite.

La humanidad llegó a un estado de agotamiento. Tras siglos de búsqueda de beneficio personal, poder, riqueza, estatus y logros, entendemos que esos placeres son efímeros y no nos satisfacen verdaderamente. En consecuencia, el mundo está desgastado por el ego. Ya no puede avanzar por las mismas sendas egoístas del éxito. Los sueños que antaño motivaron a la humanidad, se desvanecen gradualmente y muchos ya no creen que, más éxito, riqueza o poder, resolverán sus problemas.

En esta situación, cada vez más gente se enfrenta a una pregunta fundamental sobre la vida: ¿Qué hacer para seguir viviendo?

La respuesta es, una nueva dirección de desarrollo. En lugar de valorar la competencia y la separación, debemos aprender a valorar la conexión. El futuro de la humanidad no depende de nuestro éxito en la competencia, sino de nuestro éxito en nuestra conexión.

En la conexión, descubriremos nuevas metas y posibilidades e incluso una nueva percepción de la realidad. Lo que hoy parece un mundo agotado y fragmentado, se revelará como un sistema vivo, interconectado e interdependiente, en el que podremos descubrir el sentido y el propósito de la vida.

Este principio, no se aplica sólo a la humanidad en su conjunto, también a nuestras relaciones personales. Incluso las preguntas sobre cómo preservar las amistades a lo largo de la vida, pueden encontrar respuesta en un cambio fundamental de perspectiva.

Debemos comprender que cualquier negatividad que veamos en los demás, es reflejo de un aspecto interno de nosotros mismos. No hay nada intrínsecamente malo fuera de nosotros. Los defectos, fallas y carencias que percibimos en los demás, señalan cualidades que requieren corrección en nuestra propia percepción. Por eso, la tarea no es corregir a los demás, sino corregirnos nosotros mismos.

A medida que, gradualmente, transformamos nuestras cualidades internas, nuestra visión del mundo también comienza a cambiar. Lo que antes parecía hostil, ahora parece bueno. Lo que antes parecía roto, ahora revela armonía. Lo que antes parecía un mundo lleno de enemigos, ahora parece un mundo lleno de oportunidades para conectarnos.

En términos cabalistas, esta transformación es la diferencia entre el cielo y el infierno.

El cielo no es un lugar más allá de esta vida, sino un estado de percepción. Si invertimos la negatividad que reside en nuestro interior, comenzamos a ver que la realidad es armónica, bella e íntegra. Descubrimos que el cielo siempre estuvo presente; pero nuestra percepción nos impedía verlo.

Por el contrario, si no cambiamos nuestras cualidades internas, el mundo seguirá pareciendo hostil y doloroso. El infierno que vivimos no está fuera de nosotros, sino dentro.

Por eso, juzgar a los demás es contraproducente. Si vemos el infierno en otros, ese infierno está dentro de nosotros. La solución no es cambiar a los demás, sino cambiar nosotros mismos. En el momento en que corregimos nuestra percepción, comenzaremos a ver una realidad diferente.

El camino a seguir para la humanidad es que cada uno cambie su enfoque: de corregir a los demás a corregirse a sí mismo, de la competencia a la conexión y de la división a la unidad. Al hacerlo, descubrimos no sólo mejores relaciones, sino un mundo completamente nuevo. 

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