Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

Sobre la unidad judía y el antisemitismo (Artículo 8)

El triunfo del odio

En el artículo anterior describimos la revuelta hasmonea, que estalló después de que los judíos se volvieron hacia Antíoco IV Epífanes, rey del Imperio seléucida y lo atrajeron a Judá para imponer a los judíos, la cultura helénica y su sistema de creencias. La batalla que siguió entre los adversarios fue el último intento de mantener la ley judía de responsabilidad mutua y cubrir el odio con amor, en oposición a la cultura del individualismo y la reverencia al yo, que los griegos cultivaban. La guerra civil fue amarga y sangrienta, pero los hasmoneos triunfaron, aseguraron algunos años más de dominio judío, que intentó seguir las leyes que les habían ganado la admiración de Ptolomeo II, rey de Egipto, cien años antes.

Este artículo, el último de la serie, explorará la desaparición final del esfuerzo de nuestros antepasados ​​por mantener una sociedad regida por la ley de responsabilidad mutua y amor por los demás. Incluirá descripciones desagradables, pues todas las manifestaciones de odio extremo son desagradables, pero si queremos comprender el presente, también debemos reconocer nuestra historia. Quizás después de leer esta serie, podamos entender qué significa ser judío, por qué existe el antisemitismo y cómo podemos acabar con esta maldición de una vez por todas.

El ego que había atormentado a los helenistas no disminuyó simplemente porque perdieron la guerra. Los hasmoneos, que ahora eran los amos de Judá, pronto fueron presa del mismo poder del creciente ego y el declive moral y social continuó. “Al convertirse en gobernantes, reyes y conquistadores”, escribe Paul Johnson, historiador ya mencionado, “los hasmoneos sufrieron la corrupción del poder. … Alejandro Janneo [gobernó 103-76 AEC] … se convirtió en déspota y en monstruo y entre sus víctimas estaban los judíos piadosos de quienes su familia había extraído su fuerza. Como cualquier gobernante en el Cercano Oriente, en ese momento, influyeron en él los modos predominantes griegos».

Siguiendo el ejemplo de Janneo, muchos judíos abandonaron el judaísmo y adoptaron el helenismo. Janneo, que era el Sumo Sacerdote, se declaró rey y mató a miles de judíos que se oponían a la introducción del helenismo. Esta vez, no hubo hasmoneos para salvar a los judíos; el propio Alejandro Janneo era de ascendencia hasmonea y ninguna otra fuerza se levantó contra él. “Alejandro, de hecho”, concluye Johnson, “se volvió como sus odiados predecesores, Jasón y Menelao”, contra quienes luchó su bisabuelo.

A la muerte de Janneo, el reino de Judá continuó decayendo y en el año 63 EC, el general romano Pompeyo el Grande, conquistó Judá. Esto inició la era del dominio romano en Judá y puso fin a la era de la independencia de Judea. Quizá la conmovedora conclusión de Johnson describe mejor el ascenso y la caída de la soberanía de los hasmoneos en Judá: “La historia de su ascenso y caída es un estudio memorable de arrogancia. Comenzaron como vengadores de los mártires; terminaron siendo ellos mismos, opresores religiosos. Llegaron al poder a la cabeza de una vehemente guerrilla y terminaron rodeados de mercenarios. Su reino, fundado en la fe, se disolvió en la impiedad”.

Los romanos, como los griegos antes que ellos, no tenían ningún interés en imponer ni creencias ni cultura a los judíos. Mientras conquistaban Siria, “dejaron a Judá como un estado dependiente del templo disminuido”, escribe la Enciclopedia Británica. De hecho, los romanos hicieron con los judíos un gran arreglo: un poderoso imperio los protegía de los enemigos y los dejaba libres para vivir su vida como quisieran. Podrían haber vivido en paz y tranquilidad bajo la protección de Roma, si no hubiera sido por los gobernantes del estado que, una vez más, surgieron de su redil. Estos gobernantes eran tan sediciosos y tan crueles con su propio pueblo y finalmente, en el año 6 EC, la paciencia de los romanos se agotó y declararon a Judá, provincia romana y cambiaron su nombre por el de Judea.

Entre los años 6 y 66 EC, cuando estalló la Gran Revuelta que destruyó a Judea, a Jerusalén y al Templo, gobernaron no menos de quince procuradores romanos, a veces tan sólo por dos años. Como era de esperarse, esos años estuvieron lejos de ser tranquilos. No entraremos en detalles en este ensayo ni describiremos las innumerables fechorías de los judíos hacia sus hermanos, pero hablaremos de un grupo particularmente nocivo: los Sicarii. Los Sicarii ciertamente se ganaron el título de «Terroristas del siglo primero» que les dio la doctora, Amy Zalman o de «Antiguos terroristas judíos», como los llamó el profesor Richard Horsley.

Sin embargo, son diferentes de las organizaciones terroristas contemporáneas que actúan contra los judíos o contra el Estado de Israel, en que los Sicarii vienen de su propia fe. No fue un movimiento clandestino que buscara derrocar al gobierno y eligió la violencia como medio para lograr su objetivo. Más bien, buscaban intimidar y erradicar físicamente a gente de su propia religión, a la que no aprobaban, ya sea porque la consideraban sumisa a los romanos o por cualquier otra razón. La división entre los Zelotes (de quienes surgieron los Sicarii) y el resto de la nación fue la semilla del baño de sangre que, años más tarde, el pueblo de Israel se infligió durante la Gran Revuelta, pero los asesinatos diabólicos de los Sicarii profundizaron la situación. el odio y la sospecha entre las facciones de la nación a niveles que sellaron el destino de los judíos.

Después de 60 años de inquietud, estalló la Gran Revuelta. Si bien el enemigo oficial de los judíos era la legión romana, las agonías más indescriptibles, inconcebibles e inhumanas llegaron a los judíos a manos de sus correligionarios. La conclusión de las atrocidades de la Gran Revuelta es, como lo expresaron nuestros sabios (Masechet Yoma 9b), “El Segundo Templo … ¿por qué fue arruinado? Porque existía odio infundado en él” y por la forma en la que se manifestó ese odio.

La guerra de los romanos contra los judíos fue tan espantosa y llena de la crueldad que los mismos judíos se auto infligieron, que hizo pensar a los romanos que Dios estaba realmente de su lado. Al comienzo del asedio, al ver a los judíos peleando entre sí dentro de la ciudad, “los romanos consideraron que la sedición entre sus enemigos era una gran ventaja para ellos y querían marchar hacia la ciudad”, escribe Josefo. “Instaron a Vespasiano”, emperador recién coronado, “a que se apresurara y le dijeron, ‘La providencia de Dios está de nuestro lado al poner a nuestros enemigos contra ellos mismos”. Los comandantes romanos querían aprovechar la situación por temor a que «los judíos puedan volver a unirse», ya sea porque estaban «cansados ​​de su miseria civil» o porque podrían «arrepentirse de sus hechos».

Sin embargo, el emperador estaba muy seguro de que el odio interno de los judíos era irreparable. Según Josefo, Vespasiano respondió “se equivocan en lo que creen oportuno”, agregó, “si se quedan un tiempo, tendrán menos enemigos, porque serán consumidos en esta sedición, Dios actúa como general de los romanos mejor de lo que yo mismo pueda hacerlo y les está entregando a los judíos sin ningún dolor y dando a su ejército una victoria sin ningún peligro; que lo mejor es que -mientras sus enemigos se destruyen entre sí con sus propias manos y caen en la mayor de las desgracias, que es la de la sedición-, se queden quietos, sean espectadores de los peligros con los que se encuentran, en lugar de luchar mano a mano con hombres que aman asesinar y están locos unos contra otros … Los judíos están todos los días afligidos por sus guerras civiles y disensiones y están bajo mayores miserias de las que, si alguna vez fueran apresados, podríamos infligirles nosotros. Por tanto, si alguno se fija en lo que esto significa para nuestra seguridad, debe permitir que estos judíos se destruyan entre ellos».

El sitio de Jerusalén fue el final de una batalla de cuatro años. Cuando, en el año 66 EC, comenzó la violencia, estalló en toda la provincia. Si durante la revuelta hsmonea, la lucha fue entre judíos helenizados y judíos militantes que se mantuvieron fieles a su religión, ahora la lucha fue sólo entre «los propio» judíos, entre varias sectas de fanáticos, militantes y moderados, que se esforzaron por negociar la paz con los romanos.

Sin embargo, el odio infundado que surgió entre los judíos durante la revuelta, fue mucho peor que, el ya de por sí intenso odio que las facciones de la nación sentían entre sí antes de su estallido. Josefo escribe, “Inicialmente toda la gente, de todos los lugares, se dedicó a la rapiña, después se juntaron en cuerpos, para robar a la gente del país, de tal manera que, por barbarie e iniquidad, los de la misma nación no lo hicieron muy diferente a los romanos. No, incluso parecía mucho mejor que los romanos los derrotaran, a soportarse ellos mismos».

Una vez que fueron sitiados dentro de Jerusalén, la lucha se volvió aún más llena de odio. Josefo escribe que “el temperamento pendenciero se apoderó de las familias privadas, que no podían ponerse de acuerdo entre sí, después de lo cual, los que eran más queridos entre sí, rompieron todas las restricciones con respecto a los demás y todos, asociados con los de su propia opinión, se opusieron a los otros, de modo que surgieron sediciones por todas partes”.

«Los judíos estaban … irreconciliablemente divididos», escribe Johnson. Estaban tan absortos en la destrucción mutua que no podían pensar en el futuro, ni siquiera en el día siguiente. Como resultado y como parte de su guerra, “Simón y su grupo prendieron fuego a las casas donde había granos y otras provisiones … como si lo hubieran hecho a propósito para servir a los romanos, destruyeron lo que la ciudad había acumulado contra el asedio, cortando así los nervios de su propio poder». Como resultado, “Casi todo el grano se quemó, aunque hubiera sido suficiente para un asedio de muchos años. Y fueron tomados gracias al hambre”, escribe Josefo.

Los judíos no conocían fronteras cuando se trataba de autodestruirse. Al final, incluso recurrieron al canibalismo, aunque no describiré aquí los testimonios.

En estas circunstancias, la ruina de Jerusalén, la destrucción del Templo y el exilio de la tierra eran inevitables. Incluso Tito, el comandante de la legión romana, reconoció que no fue su obra lo que le dio el triunfo, sino el odio de los judíos entre ellos. El sofista griego Filóstrato describe los sentimientos de Tito sobre los desdichados judíos: “Cuando Helena de Judea le ofreció a Tito una corona por la victoria, después de que tomó la ciudad, él la rechazó alegando que no tenía ningún mérito en vencer a un pueblo abandonado por su propio Dios».

Lo que Tito no sabía era que la caída de los judíos no se debía a que su Dios los hubiera abandonado, sino a que ellos se habían abandonado unos a otros. De hecho, la ruina del Segundo Templo, con todas las atrocidades que la acompañaron, atestigua más que nada que el destino de los judíos está en sus mismas manos: cuando están unidos, triunfan gloriosamente; cuando están divididos, fracasan miserablemente.

Cuando comencé esta serie de artículos, fue porque el editor de uno de los periódicos donde regularmente escribo artículos de opinión, solicitó más información sobre mi mensaje de que si los judíos no están unidos, provocan antisemitismo. Específicamente, quería conocer mis fuentes para mi insistente argumento.

Espero que ahora mis fuentes sean más claras. Debemos entender que la unidad no es opción para los judíos; es un deber; es nuestro salvavidas. Como lo demostré a lo largo de esta serie, el escenario de división que causa aflicción y el de unión que trae paz, se han manifestado en todos los puntos importantes de la historia de nuestra nación.

Hoy nos encontramos en otra encrucijada. Una vez más, nos enfrentamos a la pregunta: ¿Unidad y triunfo o división y derrota? No importa a manos de qué opresor vendrá la derrota, lo cierto es que llegará si estamos divididos y no llegará si estamos unidos. Es mi esperanza y deseo que todos nos unamos en un esfuerzo común por superar nuestras diferencias y seamos verdaderamente luz de unidad para las naciones, como siempre se suponía que debíamos ser. Hoy, como nunca antes, es fundamental para nuestra supervivencia.

Para obtener más información sobre este tema, consulta mi última publicación, La elección judía: Unidad o antisemitismo, Hechos históricos sobre el antisemitismo como reflexión sobre la desunión social entre judíos.

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Publicado en: Antisemitismo, Judíos, News

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