
Una comida preparada con amor por la madre o la abuela, conlleva mucho más que sabor. Encierra cariño, calidez, atención y un sentimiento de pertenencia. Lo que nos nutre no es la comida en sí, sino el sentimiento que la acompaña.
Según la cabalá estas experiencias familiares apuntan a algo mucho más profundo. El amor que recibimos de la gente es sólo una forma externa, gracias a la cual la fuerza superior se comunica con nosotros. Lo que realmente anhelamos no es la comida ni el regalo ni siquiera a la persona en sí, sino la plenitud y amor que fluyen a través de ella
Poco a poco, debemos aprender a reconocer esta fuente interna.
Lo que alguna vez nos dio plenitud —nuestra madre, abuela, familia y seres queridos— están en nuestra memoria y emociones, porque fueron canales por los que sentimos amor. Aunque, la esencia de ese amor no desaparece cuando esas figuras se van. La fuente permanece.
La cabalá explica que todo lo que hemos deseado ya existe en la realidad. El desafío no es crear plenitud, sino aprender a percibirla correctamente. Con nuestro desarrollo interior, logramos acercarnos a la fuente detrás de la vida.
Es decir, la abuela no reaparecerá con un plato de comida invitando a su nieto a comer. Esas formas físicas pertenecen a una etapa particular de la vida. Pero, desarrollamos la capacidad de conectarnos con la fuerza que estuvo presente desde el inicio.
La humanidad avanza gradualmente hacia una nueva etapa de percepción. Primero, nos alejamos de la dependencia en forma de plenitud materiales. Luego, entramos en lo que podría llamarse realidad virtual, donde la conexión cobra cada vez más importancia. Finalmente, este desarrollo conduce a la percepción espiritual de la realidad.
En ese estado, percibimos todo lo que hemos anhelado: calidez, cuidado, compasión, comprensión, protección y amor. Los sentimientos que antes provenían de los padres, la familia y las relaciones cercanas, se revelan de forma más completa y universal.
La plenitud misma ya no depende de objetos físicos. Comida, posesiones y comodidades externas, son meros recipientes. El verdadero contenido es nuestro sentimiento. Cuando logramos una percepción espiritual, nos conectamos directamente con la fuente de plenitud, en lugar de con el recipiente externo en el que se manifestó.
Esto se asemeja a la experiencia de un niño pequeño que descansa seguro al cuidado de su madre amorosa. El niño se siente completo, protegido y amado, no necesita analizar el motivo. El logro espiritual revela una sensación de plenitud similar, pero a nivel consciente.
Gradualmente, podemos comprender que cada expresión de amor que hemos encontrado a lo largo de la vida, se originó en una sola fuente. Lo que se manifestó como madre, abuela, familia, amigos o seres queridos era, en última instancia, el Creador revelándose en diferentes formas.
Al principio, parece que los demás son la fuente del amor que recibimos. Más tarde, descubrimos que eran mensajeros. Detrás de cada gesto de cariño está la fuerza que guía la realidad misma.
Comprenderlo transforma nuestra perspectiva de la vida. En lugar de buscar plenitud en formas externas, logramos percibir la fuente que hay detrás de ellas. Reconocemos que la calidez, bondad y sentimiento de amor, provenían de la fuerza superior.
Por eso, la revelación del Creador no es una idea filosófica abstracta. Es descubrir la fuente de plenitud, amor, cuidado y conexión. Llegaremos a sentir que, en realidad, no hay nada más que Él y que todo lo que hemos recibido siempre ha venido de esa fuente única.
En esta percepción, nada falta. La calidez que se buscó durante toda la vida se revela como la esencia misma de la realidad.



Deja una respuesta