Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

¿Son Dios y la naturaleza lo mismo?

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Foto de Diana Reyes en Pexels

Muchas personas, cuando escuchan la palabra «Dios», imaginan un ser distante, situado en algún lugar más allá de este mundo, que observa los asuntos humanos. Sin embargo, la sabiduría de la Cabalá describe a Dios de una manera muy diferente. Dios no es una figura que se encuentra fuera de la realidad. Dios es la fuerza general de la naturaleza misma, una fuerza de amor, otorgamiento y conexión que sostiene y gobierna la existencia.

La palabra hebrea para Dios, «Elokim», tiene el mismo valor numérico que la palabra naturaleza, «HaTeva». Los cabalistas utilizan esto como un ejemplo para enseñarnos que Dios es lo mismo que la naturaleza: la fuerza y la ley universales de amor y otorgamiento que actúan en toda la realidad. Todo existe dentro de esta fuerza. Nos rodea, nos llena y dirige todo el proceso de la creación.

Sin embargo, hay un elemento en la naturaleza que se siente separado de esta fuerza: el ser humano. Nacemos con un deseo egoísta de disfrutar únicamente en beneficio propio, lo que nos hace pensar constantemente en nosotros mismos. En lugar de preocuparnos naturalmente por los demás, medimos todo según nuestro beneficio personal. Esta cualidad nos separa de la fuerza de la naturaleza y nos impide sentir la armonía que existe en toda la creación.

El propósito del desarrollo humano es superar esta separación.

Así, aprendemos lo que Rabí Akiva denomina «la gran regla»: «Ama a tu prójimo como a ti mismo», un principio que nos guía hacia una semejanza cada vez mayor con Dios o la naturaleza. A medida que aprendemos a elevarnos por encima de nuestra preocupación innata por nosotros mismos y desarrollamos una preocupación genuina por los demás, adquirimos gradualmente la misma cualidad de amor y otorgamiento que habita en la naturaleza. Este proceso se denomina «corrección espiritual». Atravesar este proceso de corrección nos lleva a descubrir una sensación armoniosa y pacífica de conexión, responsabilidad mutua, eternidad y perfección. Dios —o la naturaleza— actúa constantemente sobre nosotros, impulsando nuestro desarrollo hacia ese estado. Cuando lo alcanzamos, logramos lo que se denomina «adhesión con el Creador» o «equilibrio con la naturaleza».

Cuando comenzamos a construir relaciones basadas en el cuidado mutuo, descubrimos que, en la conexión entre nosotros, empezamos a percibir la fuerza que siempre estuvo presente, pero oculta. Dios —o la naturaleza— no se revela más allá de este mundo. Por el contrario, la revelación de esta fuerza superior tiene lugar en las relaciones corregidas entre las personas, en conexiones positivas de amor y otorgamiento.

Por eso, el futuro de la humanidad no depende de la tecnología, la política o la economía, sino de nuestra capacidad para aprender a conectarnos positivamente por encima de nuestras diferencias. Al hacerlo, revelamos la fuerza de amor que llena toda la realidad y descubrimos el significado y el propósito de nuestras vidas.

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