
Cuando me hace una pregunta, me provoca una reacción interna muy intensa. A veces siento que me hierve la sangre. Otras veces me impulsa a buscar una explicación científica, psicológica o incluso una respuesta humorística. La misma pregunta puede despertar formas de expresión completamente diferentes.
Aunque la pregunta parezca ordinaria o general, internamente siento una tormenta poderosa. Siento como si las olas me zarandearan de un lado a otro. Las preguntas y respuestas generan un enorme trabajo interno, una especie de inquietud profunda.
Cuando alguien me pregunta, recibo un fuerte impulso. Es como si me inyectara parte de su deseo. Es necesario porque la pregunta crea conexión directa entre la persona y yo, incluso entre yo y la audiencia a la que se refiere. Gracias a ella, establezco un contacto amplio y poderoso con quienes preguntan.
Esta conexión es intensa, como el acoplamiento en el espacio, cuando dos módulos separados se unen con precisión. Una vez que se establece esa conexión, puedo trabajar con ese módulo, gracias a ese punto de contacto con quienes formularon la pregunta.
Para mí, este proceso me da gran satisfacción. No en el sentido egoísta que suelen sentir los conferencistas al hablar y recibir atención, sino por la oportunidad de aclarar algo a quienes preguntan. Una pregunta revela cierto vacío, carencia. Define el vacío en las almas que se conectan conmigo en ese momento.
Mi función es llenar ese vacío con comprensión. Cuando sucede, me da gran satisfacción, porque sé que, aunque no se comprenda totalmente la respuesta en ese instante, algo importante se deposita en el interior. Aunque aún no puedan darse cuenta conscientemente, ya está grabado en su alma y eventualmente, despertará y se desarrollará.



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