
Abraham cambió el curso de la historia mundial. Fue el primero en exhortar a los babilonios a afrontar el creciente egoísmo que, repentinamente, había surgido en la antigua Babilonia. Hasta entonces, la sociedad babilónica se había desarrollado pacíficamente. Situada entre los ríos Tigris y Éufrates, fue el centro de toda la civilización de aquella época. Allí vivían unos tres millones de personas. Para los estándares actuales, no era una población numerosa, pero en el mundo antiguo representaba prácticamente a toda la humanidad.
La vida en Babilonia era sencilla y abundante. Cultivaban trigo, centeno, cebolla y ajo, criaban ovejas y pescaban en abundancia. Aún existen vestigios históricos en antiguas inscripciones y frescos que describen los intercambios cotidianos, que reflejan una sociedad tranquila y cooperativa. La gente vivía como vecinos, amigos, casi como miembros de una misma familia.
Pero de pronto, algo cambió. El ego comenzó a crecer entre ellos. La competencia y el cálculo se infiltraron en sus relaciones. En lugar de una simple cooperación, la gente empezó a medirlo todo en función del beneficio personal, de cuánto se daba y cuánto se recibía a cambio. Las relaciones que antes habían sido cálidas y naturales se transformaron en cálculos egoístas. Este cambio sumió a Babilonia en una crisis profunda y dolorosa.
La historia famosa de la Torre de Babel simboliza esta crisis. El creciente ego de la humanidad la impulsó a intentar elevarse por encima de la naturaleza misma, a conquistar los cielos y a situarse por encima de las fuerzas que rigen la realidad. Imaginaron que, con su propio poder, podrían dominar a la naturaleza e incluso a la fuerza suprema de amor y generosidad que gobierna la realidad: el Creador.
Precisamente en este momento apareció Abraham. Comprendió que la raíz de la crisis era el ego humano en rápida expansión. En lugar de intentar reprimirlo o escapar de él, propuso una solución completamente nueva: trascender el ego con conexión y responsabilidad mutua. Abraham exhortó a los babilonios a unirse, a no volver a su antiguo estado de ingenuidad, sino a, conscientemente, construir relaciones de amor y conexión, por encima del ego creciente.
Fue una idea revolucionaria. Muchas revoluciones en la historia se hicieron por la fuerza o el poder, pero Abraham introdujo una revolución totalmente diferente: la revolución interior de las relaciones humanas. Abraham le dio a la humanidad la clave para influir en la realidad misma: al corregir las relaciones humanas, se podía influir no sólo en este mundo, sino también en las fuerzas más profundas y superiores que lo gobiernan.
Abraham no fue el primer cabalista. Según la tradición, vivió en la vigésima generación de cabalistas, después de Adam –primer humano- que descubrió el mundo espiritual. Pero Abraham fue el primero en llevar este método a la sociedad en su conjunto. En un momento de crisis, reveló un método práctico para la corrección de la humanidad.
Antes de Abraham, también existió Noé, que vivió diez generaciones antes. La misión de Noé fue diferente. En la historia del diluvio, salvó a la humanidad de la destrucción al guarecer en el arca a sus seres queridos. El arca simboliza la cualidad de Bina, la fuerza de generosidad que se eleva por encima del ego. Noé preservó a un grupo de personas por encima del «diluvio» del ego que amenazaba con destruir a la humanidad.
Sin embargo, la solución de Noé se limitó a preservar a un pequeño grupo, casi como una gran familia que vive junta. La misión de Abraham fue diferente. Para su época, el ego ya se había extendido por toda la sociedad. La humanidad estaba compuesta por numerosas tribus y clanes, cada uno más dividido por intereses egoístas.
Abraham reveló que la salvación no residía en aislar a un pequeño grupo familiar, sino en unir a todos por encima de las diferencias. Convenció a muchos babilonios de que el único camino a seguir era unirse a pesar del ego que los separaba. Dado que la crisis era reciente y la gente aún recordaba la vida pacífica de antes, muchos estuvieron dispuestos a escucharlo.
Quienes siguieron a Abraham formaron un grupo basado en un nuevo principio: conexión por encima del ego, unidad por encima de la división. Dentro de este grupo comenzaron a aprender a construir relaciones sanas. En estas nuevas relaciones descubrieron las leyes más profundas de la realidad y la fuerza que la rige.
Más tarde, este grupo fue conocido como «el pueblo de Israel», donde «Israel» viene de dos palabras, «Yashar El», es decir, aquellos que tenían el deseo de ir «directo al Creador». Gracias a ellos, la sabiduría de la Cabalá, el método de Abraham, se preservó y se transmitió de generación en generación, como la forma de corregir las relaciones humanas y guiar a la humanidad por crisis futuras.



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