
No se puede explicar de inmediato. No es algo que se pueda entregar como conocimiento instantáneo. Se revela como resultado de un trabajo interior profundo. Así, llegamos a un estado en el que nos llenamos de una actitud amorosa, altruista y generosa hacia nosotros mismos, lo cual se vuelve de suma importancia.
Si preguntas si vale la pena buscar un plan sabio o una meta elevada en la vida, diría que, para alguien común, es mejor no hacerlo. No lo encontrarán con especulaciones. Más bien, deberían vivir con sencillez, «vivir para vivir». Precisamente con esta actitud sencilla y sin pretensiones, comprenderán antes la relación de la fuerza superior con ellos. Paradójicamente, la alcanzarán más rápido que si se dedican a filosofar y a atormentarse en la búsqueda de significado.
¿Y cómo se aprende a aceptar todos los giros del destino, especialmente cuando hoy son tan bruscos e inesperados? Hay que empezar a relacionarse con la vida como si fuera un juego, no con frivolidad, sino con entusiasmo interior. Como en una partida de ajedrez: el oponente hace un movimiento con una pieza y uno responde con la propia. O en un juego de cartas, se lanza una carta sobre la mesa y hay que pensar, adaptarse y responder. Te sientes feliz de estar en esa interacción. De manera similar, cada acontecimiento de la vida es como un movimiento dirigido hacia ti.
Si empiezas a percibir la vida así, cada paso que das en respuesta, se convierte en una aventura interior. Tus pensamientos constantemente se centran en: «¿Cómo responder? ¿qué se espera de mí?». Gradualmente ya sea que lo formules claro o no, comienzas a sentir que con esos movimientos te conectas con la fuerza superior. Esa es la dirección del viaje: revelar la fuerza superior en esta interacción.
Esta conexión con la fuerza superior es el destino. De hecho, es infinita. ¿Qué quiere decir? Que no hay una parada final, un punto final donde digas: «Ya está, llegué». La revelación se profundiza sin cesar. Así que, vive y regocíjate en este infinito.



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