Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

¿Por qué no podemos dejar de pelear?

pelear lucharCuando reflexionas en la historia de la humanidad, ves que los pueblos siempre han luchado. Parece que nunca hay paz, sólo pausa entre batallas. La constante disposición del hombre a pelear parece aún más desconcertante cuando se compara con la naturaleza, donde sólo hay peleas para comer, para evitar ser comido o para aparearse, pero los animales, rara vez se hacen daño. ¿Por qué pelean los humanos si no hay ninguna razón existencial que les obligue? Además, incluso aunque la batalla no sea con armas, seguimos en guerra: Discutimos, debatimos y luchamos para ganar la opinión del público. En resumen, toda nuestra existencia ha sido luchas constantes.

Hay una buena razón. Puede parecer que no hay ninguna razón vital que nos impulse a luchar, pero en realidad sí la hay. Mientras los animales luchan por su supervivencia física, nosotros luchamos por nuestra supervivencia espiritual. El ego nos impulsa a superarnos y a triunfar, pues si no nos sentirnos superiores, el cuerpo podrá existir, pero no nos sentiremos vivos. Nada es peor para el ego que la humillación; la gente se quita la vida por eso.

En otras palabras, sólo nos sentimos vivos si dominamos a otros. Es lo único que acepta el ego para reafirma su existencia. Por eso somos obligados a luchar unos contra otros, incluso cuando no parece haber ninguna causa razonable. Dado que toda nuestra comunicación, en todos los niveles, es algún tipo de lucha, parece que estamos condenados a una vida de batallas interminables, hasta que nos agotamos y fallecemos.

Pero hay una razón profunda. La lucha interminable nos obliga a preguntarnos por el significado de todo: para qué luchamos, por qué nos hacemos daño, por qué hay tanta mezquindad en el mundo y en definitiva, por qué existimos.

Estas preguntas acaban por hacernos comprender que no hay una sola fuerza (malvada) en el mundo, que hay dos fuerzas: una positiva y otra negativa. La fuerza positiva crea vida, calor, crecimiento y conexión, la fuerza negativa genera muerte, frío, decadencia y separación. Si sólo hubiera una, no existiríamos. Se necesitan ambas para crear vida y se necesitan ambas para generar desarrollo y cambio. Resulta que, irónicamente, la guerra es la que nos hace sentir vivos.

En consecuencia, si un país quiere dominar, tiene que haber otros países, para tener a quién dominar. Además, si un país domina todo el tiempo, la sensación de dominio disminuye, el país prepotente pierde su impulso, se debilita y otro país toma el relevo.

La batalla entre las fuerzas positivas y negativas permite la vida, por eso, debe existir. Sin embargo, depende de nosotros que se convierta en guerra o no.

Para hacer posible la vida y el desarrollo y a la vez, mantenerlos en paz, tenemos que entender el significado de paz. La palabra hebrea para paz es Shalom, de la palabra Shlemut, que significa totalidad o complementación. En otras palabras, sólo hay vida cuando ambas partes existen y se complementan. Además, el poder de una, determina el poder de la otra, pues su lucha las impulsa a evolucionar.

Para acabar con las guerras, tenemos que entender el proceso y aceptarlo. Esto no detendrá la lucha entre las fuerzas, pero la hará constructiva en lugar de destructiva.

Por ejemplo, cuando los atletas quieren mejorar sus logros, se entrenan con una resistencia cada vez mayor. Entienden que sólo si se desafían ellos mismos serán mejores.

Del mismo modo, sólo mejoraremos si la competencia entre naciones y pueblos se intensifica. Sólo si recordamos que el propósito de la competencia no es controlar ni derrotar ni humillar a los demás, sino mejorar a todos los implicados, podremos competir y dar la bienvenida a nuestros retos y desafíos, pues, si no fuera por ellos, nos estancaríamos.

Cuando logremos complementarnos, no habrá uno más fuerte que el otro. Habrá compromiso mutuo para atender el bienestar de todos. Debemos comprender que dependemos unos de otros y que nuestros supuestos adversarios, en realidad son la garantía de nuestro desarrollo y la clave para construir una sociedad próspera, evolutiva y sostenible en todo el mundo y en todos los países y que sus miembros vivan en paz y felicidad.

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