
El Libro de los Salmos es muy poderoso. Los Salmos entran en el corazón sin esfuerzo. ¿Qué les confiere tal poder? ¿qué hace que sean tan amados en todo el mundo? Además, ¿por qué el rey David está en lucha constante?
David fue rey de Israel, un pueblo singular cuyas raíces se remontan a la antigua Babilonia. Allí, Abraham descubrió que una fuerza única opera en toda la naturaleza (el sistema rector, el programa operativo). Podemos llamarle naturaleza, Dios o fuerza superior.
Abraham enseñaba a todo aquel dispuesto a escuchar, que el mayor logro en la vida es la conexión con esta fuerza y que esa conexión se alcanza con bondad y amor hacia los demás. ¿Por qué? Porque así nos alineamos con la unidad de la naturaleza y la evolución guía a la humanidad hacia ese nivel. La comunidad de discípulos de Abraham acabó convirtiéndose en el pueblo de Israel, como describe Maimónides en El libro del conocimiento.
Por cierto, las crisis que observamos en el mundo, tienen su raíz, en la creciente desconexión entre la humanidad y la fuerza general de la naturaleza que actúa sobre nosotros. La Torá, en su sentido interno, es el método para atraer la fuerza correctiva —llamada “luz”— que puede transformar nuestra naturaleza egoísta, en conexión y armonía con los demás.
En este grupo único surgió el rey David.
David fue llamado rey, no porque gobernara al pueblo con mano de hierro, sino porque servía a todos, los elevaba y los guiaba hacia uns vida basada en el principio: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
David, personalmente vivió todos los estados por los que el pueblo habría de pasar a lo largo de su desarrollo, en consecuencia, compuso una amplia variedad de súplicas dirigidas a la fuerza superior. Descubrió en su interior las fuerzas negativas contra las que debía luchar, comprendió que podían transformarse en fuerzas positivas llamadas “correcciones” y pidió fortaleza para desarrollarse correctamente.
A veces, sus oraciones surgían de la revelación del mal en su interior. En otras ocasiones, nacían de la fuerza positiva que pedía recibir. Y así continuaba el proceso.
Todos los estados que el ser humano puede percibir, ya sea individual o colectivamente, están contenidos en el Libro de los Salmos.
Por eso, cuando se vive una situación y se abre los Salmos al azar y se lee un poco, de inmediato, algo se remueve en el interior. Las palabras siempre suscitan una respuesta del corazón, cierta conexión con la fuerza superior, con el sistema general al que pertenecemos.
Además, si tenemos el deseo de crecer espiritualmente y aprendemos a buscarlo en un grupo, con los Salmos, podemos despertar una fuerza especial que nos impulsa hacia la conexión y el amor por los demás.
Esta fuerza es parte de la fuerza general que impulsa a la humanidad en su avance, una fuerza llamada «Mesías» o «Mesías, hijo de David».
En el Templo Sagrado, los Levitas cantaban los Salmos, al hacerlo, bendecían al pueblo y ayudaban a unir a todos en el sistema único. El Templo Sagrado no es un edificio de piedra y madera; es el lugar interior de conexión entre corazones que desean unirse. Además, los sacrificios que allí se ofrecían, eran los sacrificios del propio ego, eso permitía una cercanía genuina con los demás.
¿Qué significa esto? Los sabios enseñaron que cada persona es un mundo en miniatura que contiene en su interior los niveles de la naturaleza: inanimado, vegetal, animal y humano. Para construir en nosotros el nivel verdaderamente humano, la parte que conecta con todo en amor, necesitamos sacrificar los elementos egoístas que llevamos dentro, es decir, los aspectos; inanimado, vegetal y animal. Esto implica elevarse por encima con una fuerza mayor de amor hacia los demás, transformar la inclinación al mal en inclinación al bien; acto que también se denomina cumplir un mandamiento.
«Desde lo profundo Te invoqué». Desde lo profundo del corazón. La Sefirá de Maljut representa el punto más profundo, revelado en la persona. Es la Sefirá final, la que completa la estructura espiritual formada por diez Sefirot.
Por eso, sólo David, el rey, podía comprender plenamente los Salmos y los compuso para todos. «Un canto de las ascensiones», dice: «Deseo ascender grado tras grado, ser cada vez más semejante a la Fuerza Superior que opera en la naturaleza… Alzo mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor, Creador del cielo y de la tierra».
La ayuda viene de esa fuerza única. Es la fuerza que crea la tierra, es decir, el deseo terrenal y egoísta que sólo busca beneficio propio, para que podamos elegir elevarnos por encima de ella hacia el cielo, es decir, hacia las cualidades de amor y otorgamiento.
El libro es llamado Salmos, Tehilim en hebreo, derivado de la raíz de la palabra “alabanza” (Hallel), a pesar de contener descripciones de estados muy dolorosos en los que nos sentimos desgarrados.
Nuestros enemigos, es decir, los deseos negativos que se revelan en el corazón, nos arrastran en direcciones perjudiciales. No podemos superar estas fuerzas por nuestra cuenta; por ello, clamamos, lloramos y pedimos fortaleza para corregirnos. Aún así, a pesar de todo, alabamos al Creador, pues comprendemos que, en todo este proceso, finalmente nos acercamos a Él.
Esto refleja una conciencia superior: la de que no existe la fuerza del mal en el mundo. Cuando el mal se manifiesta, depende de nosotros transformarlo rápido, en bien. No existe un camino directo hacia el amor. El único camino es transformar las fuerzas del mal en fuerzas del bien, un proceso también llamado “arrepentimiento”. Un ser humano verdadero, en el sentido más pleno de la palabra, es aquel que, habiendo sido opuesto a la fuerza superior, llega a asemejarse a ella, pues adquirió sus cualidades de amor y otorgamiento.
Un punto último desde la perspectiva global: las crisis que hoy observamos en la vida personal y en la sociedad, surgen de la creciente contradicción entre el ego cada vez más poderoso y la naturaleza del mundo, cada vez más interconectada. Para evitar el colapso total, debemos aprender a relacionarnos con otros como partes de un sistema único.
El pueblo de Israel está en una posición privilegiada para liderar esta transformación educativa y cultural. Debemos redescubrir el método de conexión establecido por Abraham, ponerlo en práctica y compartirlo con el mundo. En la medida en que suceda, llegaremos a reconocer el amor universal que impregna la creación. Y el corazón cantará ¡Aleluya!.



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