Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

La respuesta es clara si hacemos la pregunta correcta

ego buena vida felicidad propósitoAl final, lo que todos quieren es tener una buena vida. Una buena vida es más o menos lo mismo para todos: un lugar decente para vivir, comida en la mesa, buena salud, educación para los hijos y lo más importante, la certeza de un futuro brillante. Cuando nos preguntamos qué es lo que nos impide llevar una vida así, la mayoría tiene claro que sólo nuestro ego, en todas sus formas -orgullo, tiranía, explotación, acoso, crueldad- nos impide llevar una buena vida. Sin embargo, en lugar de preguntarnos cómo superar el ego, nos preguntamos cómo protegernos del ego de los demás, en el mejor de los casos o peor aún, cómo podemos imponer nuestro ego a los demás.

Hay una razón por la que no hacemos la pregunta obvia: ¿Cómo superamos el único obstáculo en nuestro camino hacia la felicidad? Lo que nos obstruye, es decir, el ego, nos distrae y desvía nuestra atención para que veamos que otras cosas o personas son el problema. Pero si nos elevamos por encima de esos sentimientos y pensamos lógicamente por un momento, nos daremos cuenta de que, si nos sintiéramos cerca, si nos sintiéramos como una familia y no como enemigos, no lucharíamos unos contra otros.

Los trucos que nos hace el ego no son nada nuevo. Durante miles de años, nos ha enfrentado. Durante miles de años, hemos estado matando, explotando, abusando de otros y regocijándonos con el dolor de nuestro vecino. Ningún otro ser lo hace, sólo los humanos, porque sólo los humanos poseen una serpiente interior llamada «ego».

Las sociedades del pasado no eran tan venenosas como la nuestra. En algunos casos, vivían realmente como familia. Pero el ego no es estático; se intensifica y envenena todo a su paso. La humanidad ha probado todas las opciones. Ha probado extrema izquierda y extrema derecha, capitalismo, socialismo, anarquía y autoritarismo, monarquía, democracia, teocracia y la lista sigue y sigue. Nada ha funcionado y nada funcionará mientras el ego gobierne nuestra mente y corazón.

Mientras, la humanidad se ha visto envuelta en luchas incesantes. Pero, un hombre que vivió hace casi 4,000 años, hizo la pregunta correcta: ¿Cómo puede la humanidad vencer al ego en su corazón? La respuesta que encontró le hizo tan feliz, que entendió cómo ayudar a la humanidad y empezó a difundirla donde iba. Ese hombre se llamó Abraham y el mensaje que dio a la humanidad fue que, en lugar de intentar derrotar el ego de los demás, incluido el nuestro, tenemos que centrarnos en lo positivo, en alimentar las conexiones no egoístas.

Abraham, que llegó a ser conocido como «hombre de misericordia», gracias a su novedosa idea, acumuló seguidores que comprendieron que tenía razón. Presionado por las autoridades ensimismadas, de Babilonia su tierra natal, Abraham se dirigió a Canaán. En el camino, sumó más seguidores que vieron la belleza de su idea. No eran una nación, al menos no todavía; eran una multitud que simpatizaba con la idea de su maestro. Cuando pusieron en práctica el método de Abraham, fomentando el cuidado y la consideración en lugar de la alienación y el ego, comenzaron a formar una unidad nunca antes vista.

Con su unidad, descubrieron algo que la gente no sabía: todo está conectado. Pero al añadir el elemento de dar a su naturaleza egoísta, pudieron sentir que la naturaleza, no sólo recibe, también da a todos. De este modo, establecieron una sociedad equilibrada y armónica que se convirtió en modelo para el resto del mundo. Esa sociedad se conoció como el «pueblo de Israel«.

Pero, no mantuvieron su solidaridad. Su ego siguió creciendo, como crece el ego en todos y cada uno y finalmente, también sucumbieron. Sin embargo, el legado de Abraham permaneció y muy pocos mantuvieron viva esa enseñanza en libros y maestros.

Hoy, esta sabiduría se está abriendo al mundo, pues el mundo agotó sus opciones. El esfuerzo inútil por encontrar una forma de dominar el ego, ha abierto la mente de la gente a la sabiduría de la conexión, que no trata de suprimir el ego, sino de potenciar la conexión. Mi maestro, Rabash y su padre, Baal HaSulam, fueron maestros así y me esfuerzo por hacer accesibles sus enseñanzas, en cualquier idioma y en cualquier lugar. Hoy, estamos preparados para hacer la pregunta correcta: ¿Cómo podemos superar el ego? Hoy, el ego no podrá atraernos a falsas ideologías que no conducen a ninguna parte, excepto a más miseria.

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