Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

La naturaleza tiene mucho amor, pero nada de altruismo

naturaleza altruismo amorInvestigadores de Australia, que tenían la intención de estudiar a las urracas australianas, conectaron pequeños rastreadores, que pesaban solo 2,7 gramos, a cinco pájaros de una parvada de urracas para rastrear sus movimientos y hábitos. Sorprendentemente, en cuestión de horas, todos los rastreadores fueron removidos de las urracas, por sus compañeros. Las urracas rastreadas intentaron quitarse los dispositivos ellas mismas, pero no pudieron. Cuando otras aves las vieron tratando de liberarse de las correas del rastreador, saltaron para ayudar y en cuestión de minutos, estaban libres.

Los científicos explicaron que «si bien estamos familiarizados con las urracas como criaturas inteligentes y sociales, esta fue la primera vez que vimos que mostraba este comportamiento, aparentemente altruista: ayudar a otro miembro del grupo sin recompensa inmediata y tangible».

Entre 2005 y 2007, me encontré varias veces con la célebre primatóloga Jane Goodall. Tuvimos varias conversaciones fascinantes sobre la naturaleza y la diferencia entre el comportamiento humano y el comportamiento animal. En una de nuestras conversaciones, me compartió que cuando pasas mucho tiempo en la naturaleza, llegas a sentir que está llena de amor, los únicos que no lo sentimos somos nosotros, los humanos.

De hecho, si observas la naturaleza de cerca, es fácil ver el amor que hay en ella. Aunque, el amor no es altruismo. Siempre hay un motivo detrás de las cosas que los animales hacen por otros y surge del interés propio. En el caso de las urracas, las aves con los rastreadores se veían diferentes al resto de la parvada, por eso, las otras aves las ayudaron a recuperar su apariencia “normal”.

Cada pájaro de una parvada o cada animal de una manada simpatiza con el resto de los miembros del grupo. Dado que la capacidad de supervivencia del ave depende en gran medida del tamaño de su grupo, a las aves les interesa tenerlo lo más grande posible. Eso les da más protección contra rivales o posibles depredadores.

Los humanos, como señaló Goodall, son diferentes. Tenemos un rasgo adicional, si se puede llamar así: disfrutamos viendo el sufrimiento de los demás. Cuando los demás sufren, especialmente, cuando es resultado de nuestras propias acciones, nos sentimos superiores y el placer de la superioridad sobre los demás es un rasgo exclusivamente humano.

Por eso, hasta el nivel humano, todo en la naturaleza está perfectamente equilibrado. Hay amor instintivo y todo funciona con armonía. Pero cuando los humanos entran en escena, la insaciable sed de superioridad trastorna todo el sistema. Eso es lo que nos hace explotar y abusar de los demás, consumir en exceso, acumular riqueza innecesaria y agotar los recursos de la Tierra.

Estamos desprovistos de amor natural, excepto en el caso de las relaciones de sangre, pero hoy, incluso esos lazos se están rompiendo, somos los únicos seres en el planeta que debemos “trabajar” en amar a los demás. No será altruismo, pues nuestras acciones no quedarán sin recompensa. Sin embargo, nuestra recompensa será ver la alegría de los demás. Hasta que podamos funcionar así dejaremos de abusar de nuestro entorno y de los demás.

En resumen, el antídoto para nuestro deleite en la superioridad, es desarrollar el sentimiento opuesto: placer de ver el éxito de los demás. Hasta que cultivemos este sentimiento entre nosotros como sociedad, tendremos la oportunidad de volvernos solidarios, como el resto de los animales de la naturaleza y crearemos un entorno sostenible en el que todos podamos prosperar.

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