
Estamos acostumbrados a percibir la realidad a través de nuestros cinco sentidos, y nos parece que sin ellos estaríamos limitados, incompletos, desconectados de la vida. Pero, desde una perspectiva más profunda, lo que llamamos «ver», «oír» o «sentir» a través del cuerpo es solo un canal de percepción muy estrecho. La verdadera percepción no depende en absoluto del cuerpo.
Si dirigimos nuestra atención hacia el interior, no de forma imaginaria, sino mediante una conciencia interior más profunda, comenzamos a descubrir que todo existe dentro de nosotros. El cielo, las estrellas y la inmensidad del espacio no están fuera de nosotros, sino en el campo de percepción que podemos abrir en nuestro interior. La limitación no está en la ausencia de sentidos, sino en nuestro apego a ellos.
De hecho, si no estuviéramos confinados al cuerpo y a sus sentidos, experimentaríamos la realidad de una forma mucho más amplia y completa. El cuerpo nos restringe y nos define, dándonos una identidad limitada. Sin esa limitación, podríamos sentir un estado de plenitud y perfección que no podemos imaginar mientras permanezcamos ligados a la percepción física.
En ese estado, desaparece la sensación de carencia. No sentimos que nos falte nada, porque ya no nos medimos en función de las condiciones externas. Vivimos en un campo interior completo, donde todo está presente.
Por eso, cuando muchos de nosotros contemplamos las estrellas, nos quedamos en silencio. Hay algo en nuestro interior que percibe que aquello que vemos representa el infinito, algo ilimitado y eterno, mientras que nosotros mismos nos sentimos pequeños y pasajeros. Ese contraste nos aquieta. Toca una capa más profunda de nuestra percepción.
Pero esa misma sensación de infinito no existe solo fuera de nosotros. También existe en nuestro interior. Si aprendemos a acceder a esa profundidad interior, podremos conectar con esa misma realidad ilimitada. Podremos sentir la existencia de todo, no como objetos distantes, sino como partes de una percepción unificada.
Y, al hacerlo, comenzamos a entrar en un estado que puede llamarse «infinito». Esto ocurre en una percepción sin límites, donde las fronteras del tiempo, el espacio y la individualidad comienzan a disolverse.



Deja una respuesta