
El primer mandamiento dice: «Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre».
Los Diez Mandamientos —leyes que rigen el sistema de conexión— inician con el principio fundamental que nos da la percepción correcta de la realidad: la revelación de la fuerza única que habita en todo. Esta fuerza encarna la unidad de toda la existencia, su cualidad es amor puro y otorgamiento.
Por naturaleza, inicialmente no la sentimos guiando esta realidad, porque carecemos del receptor adecuado. En otras palabras, no tenemos la cualidad necesaria para percibirla. La cualidad necesaria es otorgamiento y amor. Pues los seres humanos fuimos creados con la cualidad opuesta, llamada «ego» o «amor propio».
Por eso, el primer mandamiento nos ayuda a aprender a reconocer, hasta qué punto el ego nos esclaviza, nos enseña que somos sus siervos y nos explota con crueldad. Al entenderlo, podemos distinguir entre una vida esclavizada por el ego —lo que en la Biblia llaman «exilio en Egipto»— y una vida más allá de él.
En el lenguaje bíblico, se nos llama «esclavos» cuando buscamos explotar a los demás. Porque todo lo hacemos al servicio del deseo egoísta, aspiramos a satisfacerlo y le dedicamos toda nuestra energía y pensamientos. Tenemos oportunidad de elevarnos a las cualidades de otorgamiento y amor, de alcanzar plenitud y conectarnos con la eternidad. Sin embargo, perdemos esa oportunidad, porque nos quedamos confinados en una percepción egoísta y limitada, atados por el amor propio.
El éxodo del pueblo de Israel de la tierra de Egipto, simbolizó la salida de la actitud egoísta hacia la realidad. Posteriormente, en el Monte Sinaí, logramos comprender lo que es conectarnos con amor y responsabilidad mutua. Ahí recibimos el primer mandamiento: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre».
Este mandamiento define la condición fundamental de la existencia del pueblo de Israel: gracias al esfuerzo por unirnos por encima de las divisiones, se revela entre nosotros la fuerza superior de otorgamiento y amor, la que nos eleva por encima de nuestro estrecho amor propio y nos conecta en armonía.



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