Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

¿Aprendemos la compasión o la heredamos?

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Imagen generada con Canva IA

Compasión es cuando nos solidarizamos con el sufrimiento de otros, incluso lo compartimos. Empatía es conectarnos con otros y sentir sus experiencias como propias.

Rara vez cultivamos estas cualidades; aunque, desde los trece o catorce años, ya podemos percibir profundamente el dolor ajeno. Si nos educáramos adecuadamente, el mundo cambiaría por completo.

No hay duda, la compasión se puede desarrollar. Se puede aprender a percibir el sufrimiento ajeno, hasta el punto de compartirlo, sentirlo parcialmente y neutralizarlo. No conduce al agotamiento, ya que el sufrimiento se divide en muchas partes más pequeñas, repartidas entre quienes participan, naturalmente da alivio. Si la humanidad compartiera la compasión por igual, el mundo alcanzaría equilibrio, un estado que podríamos llamar «felicidad».

Nos enfrentamos a desafíos muy serios. El deseo egoísta en nuestro interior sigue creciendo, cada vez está menos satisfecho con lo que solía satisfacerlo y a medida que la fuerza de altruismo e interconexión que reside en la naturaleza se revela con mayor fuerza contra nuestro ego, las presiones se intensificarán. Si no logramos unirnos, compartir la carga y difundir la compasión entre nosotros, no podremos soportar lo que se avecina. Unidad, conexión positiva, pensamientos y relaciones son la base de un futuro de armonía, paz y felicidad.

Sin embargo, no es sólo compasión, es compartir el sufrimiento mismo. Hay un deseo y una luz inmensos que puede satisfacerlo, pero cuando la intención de recibir «es para uno mismo», la luz no puede entrar. La plenitud sólo es posible cuando es por el bien de los demás. Podemos alcanzar equilibrio cuando aprendemos a compartir esta gran contradicción —entre el vacío absoluto y la plenitud absoluta. Cuando lo hacemos, la contradicción desaparece. Esta es la propiedad única de la unidad.

En ese punto, el dolor y el placer se fusionan. El llanto interno se transforma en saciedad, en algo superior. El dolor mismo se transforma en placer, porque ambos se equilibran. El mayor dolor, cuando hay reconciliación, se convierte en el mayor placer. Este es el propósito elevado del sufrimiento: transformarse en alegría, gracias a la unidad.

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