Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

El crimen de ser judío

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[Israelíes y judíos participan en un mitin pro Israel y una protesta contra el antisemitismo en Los Ángeles, California 23/may/21. Después de 11 días de guerra, Israel y Hamas acordaron un alto el fuego. Hamas disparó más de 4,000 cohetes contra ciudades israelíes, la mayoría de los cohetes fueron interceptados por el sistema de defensa Cúpula de Hierro de Israel. (Foto de Ronen Tivony)]

“Judío sucio”, gritó un hombre en Times Square, en Nueva York, mientras golpeaba, pateaba y rociaba con gas pimienta a un joven judío que terminó en el hospital como resultado del ataque no provocado. “Lo volvería a hacer”, dijo el agresor pro palestino tras ser detenido y retenido brevemente, según los fiscales. Eso es EUA hoy. Antisemitismo generalizado y desenfrenado, agravado por la última escalada del conflicto Israel-Gaza. Es un punto de inflexión para el pueblo judío; esperar a que suceda lo peor o unirse, sobrevivir y existir feliz y seguro.

A medida que la humanidad progresa y se vuelve más ilustrada, el odio a los judíos se vuelve menos lógico y al mismo tiempo se expande y profundiza. El odio ya no pertenece a un pueblo ni a una unión transitoria de pueblos, se está extendiendo por el mundo global y casi al mismo tiempo. Nunca la condena a Israel y el odio a los judíos ha sido tan abierto, inequívoco y extenso como hoy. Si alguna vez se escondió el odio, salvo en épocas de explosiones particulares, hoy deambula descaradamente por las calles; los judíos son brutalmente golpeados, sólo por ser judíos y nadie parece siquiera intentar detenerlo.

Lo que se hubiera considerado inconcebible en el pasado, ahora es una realidad: los judíos de EUA, tienen miedo de usar kipá en público, como lo confirmaron las Federaciones Judías de América del Norte. Desafortunadamente, la historia nos ha demostrado que nuestros enemigos no dejarán piedra sin remover hasta que cumplan su objetivo: causar daño o aniquilar a los judíos, dondequiera que estén. Esconderse, asimilarse y tratar de ser como los demás, no ayudará.

¿Por qué? Porque los judíos no son como los demás. Debemos estudiar con cuidado nuestra historia y fuentes ejemplares y dejar de repetir el mismo error de minimizar las amenazas con terquedad ciega e inconsciente, eso nos trae golpes asesinos.

El pueblo de Israel es diferente porque no es un grupo nacido en una región común. No compartimos cultura ni mentalidad ni hay tendencias en común. Somos una colección de gente de todas las naciones, descendientes de Mesopotamia, la antigua Babilonia, que se reunieron en torno a la ideología desarrollada por nuestro antepasado Abraham: conexión entre los seres humanos por encima de las diferencias que nos dividen.

A Abraham se le ocurrió la idea de unidad, dada la profunda confusión y discordia que prevalecía en el reino de Babilonia. Abraham nos entrenó para unirnos como un hombre con un corazón, no sólo para descubrir el poder positivo, bueno y generoso que mejorará nuestra vida, sino para convertirnos en modelo de una sociedad reformada que transmita la idea de unidad y así, irradiar luz a las naciones y pueblos del mundo. Es nuestra misión; no hay otro propósito ni posibilidad de escapar de él.

Por eso, los judíos de la diáspora no podrán asimilarse a su país de origen, por mucho que lo intenten. Y nosotros en Israel no debemos pensar que somos diferentes ni más unidos que ellos. También estamos en el exilio. No en el cuerpo, por supuesto. Físicamente estamos en la tierra de Israel, pero el espíritu, la mentalidad, el pensamiento, están en el exilio total.

«Exilio» es, ante todo, una desviación del mandamiento de conectarnos y es desprecio flagrante a nuestra misión. Cuando los judíos viven su rutina egoísta, sólo en beneficio propio, se vuelven los más grandes egoístas del mundo, exactamente lo contrario de su potencial, de ser pioneros de la conexión global.

En esta misión no hay diferencia entre nosotros y los judíos de la diáspora. Todos tenemos una misión y actualmente estamos muy lejos de ella. Todo puede cambiar a la velocidad de la luz. El cambio depende sólo de comprender que la vida tiene un propósito y no termina con logros corporales, que van acompañados de sufrimiento y guerra. Entender que no nacimos sólo para sobrevivir -por unos setenta años en temor perpetuo y luego morir-, nos ayudará a vivir de manera diferente, segura, tranquila, feliz y decidida. Sólo un poco de comprensión, una inclinación sutil, un buen pensamiento hacia nuestra conexión, marcará una gran diferencia hacia un futuro más prometedor para nosotros y nuestros hijos.

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