
Un relato jasídico conocido, cuenta la historia de la hija de un rey, que enfermó gravemente. No se encontraba cura, hasta que llegó un sabio y afirmó que sólo un remedio podría sanarla: debía vestirse con la camisa de una persona verdaderamente satisfecha con su suerte.
De inmediato, el rey envió mensajeros por todo el reino para encontrar a alguien genuinamente satisfecho con la vida.
Primero, los mensajeros se dirigieron a los ricos y les preguntaron si estaban satisfechos con lo que tenían. Pero los ricos sólo hablaron de las cosas que aún les faltaban para ser felices. Luego, acudieron a personas de clase media, tampoco allí lograron encontrar a una sola persona satisfecha con la vida.
El rey estaba al borde de la desesperación cuando, de repente, llegó un mensajero sin aliento e informó que, lejos del palacio, había un bosque cuyo guardabosques siempre estaba satisfecho con su suerte. De inmediato, se enviaron emisarios distinguidos al bosque.
Cuando lo encontraron, el guardabosques les preguntó qué había llevado a personas tan importantes a visitarlo. Le explicaron la situación tan difícil del reino y le preguntaron: «¿Es realmente cierto que siempre estás satisfecho con tu suerte?».
«Sin duda», respondió el guardabosques. «No me falta nada en la vida y disfruto de todo».
Los mensajeros le pidieron que les diera una de sus camisas para la princesa enferma.
«Créanme», respondió el guardabosques, «si tuviera una camisa, se la daría a la princesa con mucho gusto y de inmediato, pero no tengo ninguna».
Con esta historia, mi maestro Rabash ilustró el concepto de deleite en la misericordia, llamado en hebreo, Hafetz Hesed. Es el primer grado espiritual al que asciende la persona que tiene el deseo de corregirse: ser feliz y dar felicidad a los demás.
Dado que el deseo humano es inmenso, nadie se conforma con poco ni está satisfecho con su suerte. Siempre necesita más, algo que le dé ventaja sobre los demás. Por eso, en cada momento de la vida nos comparamos con los demás: ¿mi casa es más grande que la suya? ¿mi coche es más nuevo o caro? ¿mis hijos son más inteligentes? ¿mi pareja es más hermosa?
Consciente o inconscientemente, siempre nos medimos frente a los demás. Si podemos responder «sí» con seguridad, a cualquiera de esas preguntas, nos sentimos bien. Si no, de inmediato, buscamos compensación; de lo contrario, puede parecer que no vale la pena vivir.
La psicología del ego es sutil y profunda, sus motivaciones están tan ocultas que, incluso cuando sentimos el deseo de ayudar a los demás —por ejemplo, haciendo voluntariado en un hospital—, a nivel subconsciente podríamos estar haciéndolo para sentirnos más sanos. Incluso traer hijos al mundo puede surgir del deseo de sentirnos mejor con nosotros mismos.
Por lo tanto, la primera corrección llamada «deleitarse en la misericordia», consiste en dejar de compararnos con los demás. Es como si estuviéramos solos en el mundo o solos en el bosque. Cuando dejamos de evaluarnos en relación con los demás, nos desvinculamos de cualquier comparación, ya sea positiva o negativa.
Si es así, ¿en qué sentido se considera que nos «deleitamos en la misericordia»? ¿qué bondad mostramos a los demás si rompemos toda comparación y relación con ellos?
En la primera etapa, la bondad reside en que, al menos, dejamos de causar daño. Elevarse por encima del ego, es un logro enorme. A partir de este nivel, empezamos a ver el mundo con otros ojos, en una frecuencia distinta.
Si la humanidad pudiera alcanzar ese nivel espiritual, nuestra percepción del mundo cambiaría. Terminaría todo lo que hemos construido con base en comparación y competencia, dejaremos sólo lo necesario para nuestra vida. Una vez que dejáramos de hacernos daño mutuamente y cada uno se sintiera satisfecho con su suerte, podríamos hacer bien en el mundo, actuar con amor genuino hacia los demás.



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