
Cuando observamos el mundo natural que nos rodea, vemos que está completamente unido. Todas sus partes trabajan juntas y en armonía, para formar un todo único. Sólo entre nosotros, la especie humana, todo está fragmentado. El ego que crece dentro de cada uno, nos impide construir algo juntos. El mundo está cada vez más interconectado y todos se vuelven cada vez más interdependientes. Pero, al mismo tiempo, cada uno se siente más solo. Ésta es la raíz de todas las crisis y conflictos que afligen al mundo, desde tensiones internacionales y divisiones sociales, hasta las relaciones personales.
Nuestro futuro y prosperidad, dependen de aprender a conectarnos, como parte diferente de un mismo sistema, como órganos dentro de un cuerpo. Debemos llegar a ser una familia, cuyos miembros se tratan con consideración, asistencia y apoyo. Naturalmente, el proceso de conexión global comienza con la unidad básica de la sociedad: la familia.
Según la historia bíblica, Eva fue la primera en reconocer que el ego estrecho, es decir, el deseo de disfrutar a costa de los demás, simbolizado en la historia por la serpiente, que destruye las relaciones humanas. Crea conflicto entre marido y mujer. Empuja a cada uno a su propio rincón, a su interés, y busca romper las relaciones. Por eso, construir un vínculo familiar requirió esfuerzo. A diferencia de los animales, para quienes la conexión es natural, los seres humanos deben trabajar duro contra el ego que constantemente se interpone. Eve sintió la necesidad de reparar la relación dañada y la figura que continuó fue Sarah.
Las fuentes nos dicen que Abraham enseñaba a los hombres y Sara a las mujeres, a construir relaciones saludables, a elevarse por encima del ego y a vivir de acuerdo con los valores de bondad, amor a los demás, unidad y complementariedad mutua. Poco a poco, sus alumnos fueron construyendo unidades familiares, con el tiempo, se convirtieron en el pueblo de Israel, como describe Maimónides en El libro del conocimiento. A Abraham se le dijo: «Todo lo que Sara te diga, escucha su voz». Gracias a su dedicación a la educación y la orientación, surgió una comunidad que aspiraba a vivir como familia. Cada matriarca que siguió, contribuyó a su manera al desarrollo de una conexión humana de armonía. La siguiente figura prominente fue Miriam la profetisa.
En silencio, pero con mayor poder que cualquier hombre, Miriam ayudó a Moisés y Aarón a sacar a los hijos de Israel de la esclavitud en Egipto. Inspiró a las mujeres y las guió hacia un futuro nuevo. En el significado interno de la historia del Éxodo, la fuerza que esclaviza es el ego estrecho que lleva a los individuos a entrar en conflicto entre sí.
Profeta o profetisa es una persona que percibe la fuerza general que opera en la naturaleza (la única fuerza subyacente a la realidad), por eso, comprende el funcionamiento del mecanismo de la vida. Estas personas perciben que esta fuerza única desarrolla todas las partes de la creación, hacia un estado de conexión perfecta. Esto incluye los niveles: inanimado, vegetal, animal y humano de la naturaleza. Miriam alcanzó ese nivel de desarrollo y desde esa perspectiva, ayudó a sus hermanos a construir relaciones de armonía entre todos.
Se dice que en el Monte Sinaí, las mujeres apoyaron a los hombres, de hecho, los obligaron a cumplir la condición que se les había impuesto: «Deben volverse responsables unos de otros, como un hombre con un corazón o este será su lugar de entierro. Su ego los destruirá». Gracias al estímulo femenino, el pueblo recibió la Torá, cuya esencia interna contiene la instrucción para desarrollar relaciones sanas con los demás y con toda la creación.
Este tema se repite a lo largo de la historia. En una encrucijada crítica, al borde del colapso, la fuerza femenina dio un paso adelante y guió al pueblo hacia el camino correcto. Cada año recordamos a la reina Ester, quien dijo a Mardoqueo: «Ve, reúne a todos los judíos». De hecho, gracias a la reunión y la unión, llegó la salvación.
Otra figura bíblica destacada es Débora la profetisa. Durante el período de los Jueces, ella juzgó al pueblo e incluso dirigió la lucha contra Sísara. Débora estaba en un nivel espiritual más alto que cualquiera de los hombres de su generación; no había nadie más sabio ni más justo que ella. La generación estaba dividida y la corrección requirió que primero se expusiera el mal en su interior. En su canción, Deborah elogia a las tribus que participaron en el esfuerzo colectivo y critica a las que no lo hicieron, separándose así de la responsabilidad mutua que debería existir entre el pueblo.
Hoy, lamentablemente, estamos muy lejos de sentirnos hermanos. Falta de respeto, rechazo, en ocasiones, incluso odio, están a niveles extremos. Se podría decir: «No hay nada que hacer, todas las naciones son así». Pero nuestra nación fue fundada con el principio de amor al prójimo y en su momento, vivió como familia, hasta que el odio infundado destruyó esa unidad.
Hoy, mientras el mundo se desgarra por el deterioro de las relaciones humanas y nuestra casa común se ve amenazada, debemos volver a nuestros verdaderos fundamentos y dar ejemplo de conexión por encima de cualquier diferencia. Mientras más tardemos, más crecerá la hostilidad hacia nosotros y hará nuestra vida cada vez más difícil.
Aquí, sólo la fuerza femenina puede alzarse y decir: «¡Basta! ¡La vida exige que estemos conectados!».
Si cada vez más mujeres se unen con la intención de inspirar a los hombres a hacer lo mismo, no podrán permanecer indiferentes. Esa es la ley de la naturaleza: la mujer despierta la necesidad y el hombre trabaja para satisfacerla. Esta alianza entre las fuerzas femenina y masculina, expandiéndose en círculos cada vez más amplios, puede dar origen a una nueva vida para todos.



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