Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

¿Qué nos enseña la historia de Abraham sobre nosotros mismos?

Dr. Michael Laitman cabalá

Mesopotamia, la cuna de la civilización moderna —también conocida como «tierra entre dos ríos»—, fue una región vasta y fértil situada entre los ríos Éufrates y Tigris, en el actual Irak. Mesopotamia fue el lugar de origen de muchos inventos que permitieron el desarrollo de la civilización humana. Allí surgió la rueda, hubo avances en matemáticas y astronomía y el cultivo inicial de cereales, que aún siguen siendo alimento básico. También fue el lugar de nacimiento de un hombre llamado Abraham.

Hasta ese momento, el ambiente en Mesopotamia había sido relativamente pacífico. Como describe la Biblia: «Toda la tierra tenía un solo idioma y las mismas palabras» (Génesis 11:1). La gente se sentía cercana, como una gran familia. Pero de pronto, el ego —deseo de disfrutar a costa de los demás— comenzó a crecer muy rápido, como lo simboliza la historia de la Torre de Babel. Esto dio paso a la competencia destructiva, a la envidia dañina, a luchas por poder, a la explotación y al odio.

Abraham analizó lo que sucedía y comprendió que la humanidad se enfrentaba a una prueba crítica: ¿comprendería la gente que debía elevarse por encima del ego mezquino y construir relaciones amorosas o elegiría separarse? Intentó explicar que la naturaleza es unidad, que la vida se desarrolla en conexión y armonía entre opuestos y que los seres humanos deben aprender a vivir en paz unos con otros. Pero, la mayoría no estaba preparada para comprender la idea de unidad universal. Eligieron separarse y dispersarse por el mundo.

No obstante, Abraham veía más allá. Comprendió que dispersarse no era la solución a la crisis de las relaciones humanas, simplemente, era aplazarla. De hecho, hoy, de nuevo estamos en el mismo punto. La red de conexiones que se ha formado en la humanidad, nos ubica a todos en el mismo barco. Nos guste o no, dependemos unos de otros. Pero, dado al enorme ego que se ha desarrollado en cada uno, no sabemos cómo llevarnos bien. Aunque, a diferencia de la antigua Babilonia, esta vez no queda ningún lugar a dónde dispersarnos. Para sobrevivir, nos veremos obligados a aprender a conectarnos.

La campaña de divulgación de Abraham no tuvo un éxito arrollador, aun así, varios miles de personas se reunieron para estudiar su método. Con el tiempo, esta comunidad de estudiantes se convirtió en el pueblo de Israel, como lo describe Maimónides en El libro del conocimiento.

Abraham enseñó que «la inclinación del corazón del hombre es mala desde su juventud», es decir, que el ego estrecho está arraigado en nosotros. No obstante, si nos esforzamos por superarlo, podremos elevarnos hacia una fuerza superior a él. O sea, «la fuerza superior» no es algo que se encuentre más allá de las estrellas ni una entidad mística en otra dimensión; es la fuerza superior al ego, una fuerza capaz de gobernarlo.

Lo que distinguía al grupo de Abraham de los demás, era el sentimiento interno de que la vida tiene un propósito más elevado que el simple logro del éxito material. El bienestar material es importante, pero no basta. En otras palabras, surgió el deseo de descubrir el secreto de la vida, más allá de lo material y visible.

Abraham enseñó que la fuerza egoísta es natural. Gracias a ella, sentimos rechazo hacia todo lo que pueda dañarnos y atracción hacia lo que nos beneficia o da placer. Incluso cuando amamos a alguien y deseamos estar cerca de esa persona, son cálculos egoístas, ya sean conscientes o inconscientes. ¿Existe alguna fuerza distinta al ego? En los niveles mineral, vegetal, animal y humano de la naturaleza, no observamos ninguna. Incluso las interacciones entre átomos y moléculas están impulsadas por fuerzas naturales de autopreservación y buscan plenitud, equilibrio y estabilidad.

Sin embargo, hace casi seis mil años, comenzó a surgir en ciertos individuos, el deseo de descubrir otra fuerza más allá de la egoísta: la fuerza de otorgamiento puro, inexistente en nuestro mundo ordinario. Estos individuos evolucionaron hacia un nivel de percepción más avanzado, denominado «percepción espiritual». Abraham siguió sus pasos, pero lo que lo distinguió de sus predecesores fue que, durante su época, estalló una crisis social de gran magnitud.

Abraham explicó que, si aprendemos a construir conexiones positivas por encima del ego, descubriremos la fuerza superior en los vínculos que nos unen: la fuerza de amar y otorgar. Estas cualidades serían genuinas, no porque el ego obtenga placer de ellas, sino porque realmente viviríamos dentro de esa nueva fuerza. Así podríamos construir un nuevo sistema de relaciones, una red integral. Cuando esa red alcance equilibrio, en su interior empezaremos a sentir algo llamado «fuente de la vida», la fuerza única que subyace en la naturaleza, de la cual procedemos y hacia la cual nos sentimos atraídos.

Después de que los discípulos de Abraham comenzaron a trabajar en su conexión y en cierta medida, se elevaron al nivel de vida espiritual, también creció la fuerza egoísta que los separaba. Tuvieron estallidos de odio mutuo y debían superarlos con una fuerza aún mayor de amor y otorgamiento. Así avanzaban en cada etapa de su desarrollo, según el principio: «el amor cubre todas las transgresiones». Sin embargo, con el tiempo, sus vínculos positivos se rompieron, desembocando en un estado de destrucción. Surgió un gran odio y ya no tuvieron fuerza para cubrirlo con amor. El ego tomó control y el pueblo de Israel partió al exilio entre las naciones del mundo.

Hoy, el ciclo se cerró y regresamos. Somos los descendientes del grupo de Abraham y debemos reconstruirnos a partir de ese estado de destrucción. De nuevo, debemos aprender su método de conexión por encima del ego y guiar el proceso de reparación del mundo. El lamentable estado de las relaciones —desde el nivel interpersonal hasta el de las naciones y la humanidad en su conjunto— demuestra que no hay alternativa: la conexión positiva, por encima de toda división, es nuestra única salvación.   

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