
Ningún libro ha tenido más influencia en el mundo que la Biblia. Sentó las bases para el desarrollo de la civilización humana en cultura, arte, educación, derecho y mucho más. Todo tiene sus raíces en ella.
¿Qué hace que la Biblia sea única? Que la figura central del libro es Dios. Él habla, actúa, advierte, castiga, descansa y Su presencia sobre la gente dirige todos los acontecimientos. La Torá, Profetas y Escrituras describen la relación entre los seres humanos, la sociedad y la fuerza superior; cómo debe organizarse la gente según el llamado de Dios y hasta qué punto se esfuerzan —o fracasan— por hacerlo.
La Biblia revela la ley de conexión entre el humano y la fuerza superior. Explica cómo alinearse con esa fuerza y lograr una vida buena. Profundiza en gran detalle, dirige los pensamientos humanos y el comportamiento con nosotros mismos, con la familia, los demás, la sociedad y también con los niveles inanimado, vegetal y animal de la naturaleza. Nos enseña a avanzar hacia una conexión mutua más profunda, en la que pueda habitar la Divinidad.
La Torá —que viene de la palabra hebrea para instrucción (Hora’ah)— nos enseña a actuar en cada situación de la vida. Su gran principio es «Ama a tu prójimo como a ti mismo», al seguirlo podemos avanzar correctamente. El problema es que, a lo largo de la historia, el hombre ha llevado sus enseñanzas en direcciones egoístas y de beneficio propio.
Se han escrito innumerables interpretaciones sobre la Biblia; hubo escritores que la comprendieron profundamente y otros no. La Biblia se compone de cuatro niveles conocidos como PARDES: Peshat (sentido literal), Remez (alusión), Drush (interpretación) y Sod (secreto). Podemos leer superficialmente las palabras o podemos penetrar en su significado interno. El nivel de desarrollo determina lo que veremos en el texto y si lo comprenderemos profundamente.
Los sabios que lograron penetrar en la profundidad del libro, descubrieron que no se compone meramente de letras y palabras impresas en papel o pergamino. Es un sistema operativo completo. Según este sistema, debemos programarnos y organizar nuestras cualidades, deseos y pensamientos para que correspondan al libro. Así como se instala un programa en la computadora para definir las relaciones entre sus componentes y su modo de funcionamiento, la Torá está destinada a organizar al ser humano.
Estudiar la Torá, en su sentido más profundo, es programar nuestro mundo interior de acuerdo con sus instrucciones. Quienes lo logran, consiguen percibir alturas y profundidades de la realidad que antes no veían. Perciben las fuerzas que controlan la realidad que reciben los cinco sentidos y lo guían todo, hasta el más mínimo detalle. Leen la realidad en profundidad y la ven como libro abierto. Descubren un mundo totalmente distinto y comprenden que el objetivo de la Torá es abrir una nueva percepción de la realidad.
El método para alcanzar la dimensión interior de la Torá se enseña en la sabiduría de la Cabalá. En general, es un trabajo dentro de un grupo pequeño, de unas diez personas, bajo una guía estrecha. El objetivo es elevarse por encima de la naturaleza egoísta y conquistar una naturaleza nueva de amor hacia los demás, revelar entre nosotros, la fuerza superior, cuya cualidad es amor puro y otorgamiento.
Cuando en el grupo surge el deseo de ser «como un hombre con un corazón», logra «recibir la Torá«. Es una fuerza especial, también llamada «luz que reforma», que construye en nuestro interior la cualidad de amor y otorgamiento. A medida que este proceso se desarrolla, el grupo comienza a verse reflejado en las palabras de la Torá. Palabra a palabra, frase a frase, todo lo que allí está escrito, sucede en el seno del grupo; así, avanzamos en nuestro desarrollo.
Este desarrollo se llama «desarrollo espiritual» y es una escalera de 125 grados de logro. Esos grados se dividen en cinco «mundos superiores», estructura que se refleja también en los Cinco libros de Moisés. Los nombres de estos mundos son Adam Kadmon, Atzilut, Beria, Yetzira y Assiya. La plenitud espiritual alcanzada en estos mundos se llama «luces», sus nombres son Nefesh, Ruach, Neshama, Haya y Yejida.
En cada grado espiritual la conexión se profundiza, en consecuencia, la luz de la conexión aumenta. El grado final se denomina Gmar Tikkun (fin de la corrección), es cuando el poder del ego se transforma en el poder del amor. La humanidad se convierte en una sola persona, un ser creado semejante a Dios, la fuerza superior que constituye el fundamento de la creación.
Los sabios atravesaron todo este proceso de desarrollo. En cada etapa, se revelaba en ellos un deseo egoísta mayor —que traía consigo separación, rechazo y odio— y se les exigía elevarse por encima de él, aumentando el amor. “El amor cubre todas las transgresiones” (Proverbios 10:12) es la fórmula del trabajo.
En la medida en que tuvieron éxito o fracasaron en esta tarea, de forma codificada registraron sus experiencias en la Biblia, que sólo son claras para aquellos que buscan el mismo trabajo interior.
El Monte Sinaí, por ejemplo, simboliza los pensamientos de odio. El pueblo debía elevarse por encima de los pensamientos divisivos para comprender que cada persona es egoísta por naturaleza —da prioridad al beneficio propio sobre el de los demás y el de la naturaleza— y para conectarse positivamente, necesita una fuerza superior que una, una fuerza que cubra el ego con amor.
Cuando lograron una red de conexión adecuada —sistema llamado Torá—, descubrieron que en su interior residía la fuerza superior de amor y otorgamiento. A partir de ahí, el desarrollo siguió. De repente surgió el episodio del Becerro de Oro; más tarde llegó Jetró y ofreció consejo; posteriormente, los espías fueron a explorar la tierra. Estos estados suceden dentro de nosotros, paso a paso, en nuestro desarrollo interior.
Si nos acercamos al Libro de los Libros con el deseo de construir conexión y amor entre todos aquellos que sienten atracción inicial por hacer realidad una nueva esfera de conexión positiva —por encima de las fuerzas egoístas—, el libro cobrará vida nuevamente. El mundo percibirá que una fuerza superior habita entre nosotros y deseará unirse y colaborar de todas las formas posibles.
El profeta Isaías habló de esto cuando dijo: «Traerán a tus hijos en brazos y a tus hijas las llevarán sobre los hombros» (Isaías 49:22); también: «Todas las naciones confluirán hacia él» (Isaías 2:2) y «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Isaías 56:7).
Y mostraremos a todos los seres creados el método para construir una «casa de santidad»: un vínculo de amor y otorgamiento en cuyo seno se revela Dios.



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