Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

Una nueva perspectiva para Israel

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Una empresa sin perspectiva acabará por quebrar. ¿Pero qué ocurre con un país? ¿cuánto tiempo podemos seguir sin identidad ni propósitos claros? ¿qué perspectiva podría transformarnos en un pueblo que ilumine a la humanidad?

Comencemos con una perspectiva amplia. El enfoque con el que el mundo se ha desarrollado hasta ahora, está llegando a su fin. La fuerza del deseo que, gradualmente nos ha impulsado, se desvanece. Hay pesadez interior, falta de motivación y falta de energía para lograr algo. Incluso se está empezando a perder el deseo de ser rico y de tener éxito. El deseo humano está cambiando. El ego —deseo de disfrutar en beneficio propio a costa de los demás, que es el motor que nos ha impulsado— está cambiando.

A lo largo de la historia, el ego creció y propició desarrollo social, científico, tecnológico, comercial e industrial. Actualmente, el ego ha adoptado una forma que nos impide disfrutar de los frutos del progreso. En consecuencia, nos enfrentamos a una crisis multidimensional en economía, política, ecología y muchas otras áreas. En teoría, podríamos construir un paraíso en la Tierra, pero las malas relaciones nos lo impiden. Por ejemplo, en época de abundancia, la pobreza sigue estando muy extendida: la mitad de la población desperdicia enormes cantidades de comida, mientras que muchos, peligrosamente se acercan al borde del hambre.

Cada vez que surge una idea para organizar mejor a la sociedad, el ego impide que se concrete. Se interpone entre nosotros y destruye toda iniciativa. Aprisiona a cada uno en su propio interés. Podemos hablar con palabras amables, pero en la práctica, nada cambia. A pesar de esto, persiste el anhelo de una sociedad más justa y equitativa, una más cálida, más considerada y amigable.

Al mismo tiempo, las preguntas existenciales se hacen más presentes. ¿Hacia dónde se dirige realmente la vida? ¿tiene un propósito superior? ¿hay algún sentido en todo este ajetreo?

De esta situación tan compleja, surge la necesidad de encontrar una forma nueva de trabajar con nuestro motor interno, el ego. Debemos pasar del estado de competencia destructiva e implacable de guerra, a uno de reciprocidad, conexión y complementariedad. Necesitamos comprender que somos como piezas de un rompecabezas y que sólo juntos podemos formar una imagen hermosa. Una persona sola, incluso si es la más rica de su entorno o tiene la carrera más brillante, eventualmente sentirá vacío, depresión y angustia interior. El secreto de la felicidad es la conexión profunda entre los corazones.

Por naturaleza, todos somos egoístas. Es imposible luchar contra el ego, porque reaparecerá con el doble de fuerza. Lo que sí podemos hacer, es construir un proceso cultural y educativo, un marco social, que explique la naturaleza humana, la naturaleza del mundo y la dirección integral del desarrollo en la que nos encontramos.

Año tras año, cada vez es más evidente que todos estamos en el mismo barco, dependemos e influimos unos en otros. Si no aprendemos a trabajar juntos, nos hundiremos. Necesitamos crear una nueva atmósfera a nuestro alrededor. Una conciencia nueva. Debemos rodearnos de ejemplos de conexión complementaria, ayuda mutua y apoyo. Así como un guante se puede voltear, debemos canalizar el inmenso poder del ego hacia el beneficio de la sociedad en su conjunto. El nuevo código será integral, no egoísta: todos nos beneficiaremos juntos y no una persona a costa de la ruina de otra.

Si avanzamos en esa dirección, si usamos todos los sistemas que hemos construido hasta ahora, gradualmente surgirá una nueva percepción. “El amor cubre todas las transgresiones”, así describen nuestras fuentes esta dirección de acción y detrás de ella se esconde un método de conexión que merece una exploración más profunda.

¿Y cuál es la perspectiva para israelí?

Mírense al espejo y reflexionen por un momento: ¿Qué es lo que más le falta a este país hoy?

Existe una grave falta de seguridad personal en carreteras, calles, escuelas, parques y espacios públicos. La violencia se ha convertido en código de conducta, se manifiesta en formas innumerables y preocupantes. Además, hay la sensación de que alguien nos ve, nos comprende y se preocupa sinceramente por nosotros. Se dice que en las comunidades judías de la Diáspora, había responsabilidad mutua, pero aquí, en el Estado judío, estamos fragmentados. Ponemos etiquetas: “Tú eres de los nuestros, aquel no”. Cada sector, sólo se ve a sí mismo, incluso dentro de cada sector hay innumerables facciones que luchan entre sí. Por supuesto, se podrían mencionar muchos otros problemas dolorosos.

Ahora imaginen este escenario:

Vives en Israel y perteneces a una familia enorme de miles, incluso decenas de miles, de personas. Una familia extensa, grande y cariñosa. Un miembro trabaja en el Instituto Nacional de Seguros, otro en el sector salud, un tercero en un taller mecánico, un cuarto en un supermercado, un quinto en un banco, etc. Tus parientes trabajan y están por todas partes.

¿Cómo te sentirías?

Probablemente te sentirías muy seguro. Caminas por la calle y todos te sonríen. Subes a un autobús y tus familiares te ceden el asiento con gusto. Subes a un taxi y el conductor te ofrece chocolate y algo más para después. Adondequiera que vayas, te encuentras con gente que se preocupa por ti, te sientes seguro y libre. Naturalmente, nadie quiere hacerte daño ni engañarte; todos buscan sinceramente tu bienestar. La gente siempre está dispuesta a ayudarte cuando lo necesitas.

Lo especial de la conexión en una familia ideal es que, a pesar de las diferencias entre sus miembros, permanecen unidos por sensibilidad y responsabilidad mutuas. Cuando amas a alguien y te sientes responsable por esa persona, incluso si crees que está equivocada o es diferente a ti, tienes la capacidad especial para acogerla. Deseas sinceramente que le vaya bien. Te alegras con su felicidad y la animas cuando tiene dificultades. La ayudas, la guías y te preocupas por ella.

Cuando aprendamos a conectarnos más allá de las diferencias, descubriremos un lugar dentro de nosotros para todos. Podremos comprendernos y aceptarnos más profundamente. Pero para lograrlo, necesitaremos pasar por diferentes etapas de conexión, hasta que vivamos en un lugar donde todos actuemos desde un sentido genuino de empatía y responsabilidad hacia los demás y hasta que existamos como una familia unida.

En ese estado, nos dolería que a alguien le faltara algo y creativamente buscaríamos formas de dárselo. Por ahora, es imposible imaginar qué soluciones podrían surgir; podrán nacer cuando, alcancemos juntos el siguiente nivel de una vida humana integral. Esta transformación lo afectará todo: economía, costo de la vida, naturaleza de la competencia y modelos de lucro, incluso nuestras definiciones de prosperidad y crecimiento.

Estamos inmersos en un proceso evolutivo que nos conduce a esta situación. Es un desarrollo inevitable que toda la humanidad advertirá. Aquí en Israel, necesitamos, de hecho, debemos ser pioneros en formar una sociedad modelo. El futuro y por ende la perspectiva, solamente pueden estar en una conexión, como la de una familia sana y funcional. 

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