
La gente suele menospreciar la idea de jugar. Si le dices a alguien que está jugando, puede incluso ofenderse. «Yo no estoy jugando», responderá con orgullo, como si jugar fuera algo exclusivo de los niños y no tuviera cabida en la vida seria de los adultos. Sin embargo, esa actitud revela una incomprensión de lo que realmente es el juego.
¿Qué significa jugar? No significa escapar de la realidad ni vivir en una fantasía. Jugar es la capacidad de aspirar a algo más elevado que nuestro estado actual. Es el valor de imaginar una posibilidad superior y comenzar a actuar como si ya existiera. En este sentido, toda forma auténtica de crecimiento comienza con el juego.
Los niños lo entienden de manera natural. Cuando juegan, prueban nuevas identidades y posibilidades. Se imaginan más fuertes, más sabios, más valientes y más capaces. A través del juego se desarrollan. Se convierten en algo más de lo que eran antes. La tragedia es que la mayoría de los adultos pierde esa capacidad. En algún momento del camino, dejan de jugar.
Cuando dejamos de jugar, la vida va perdiendo poco a poco su vitalidad. Quedamos atrapados en la rutina, agobiados por las responsabilidades y desconectados de la aspiración. Del mismo modo, la depresión, la apatía y el vacío aparecen cuando las personas dejan de sentirse atraídas por algo más elevado que su condición presente. La vida deja de impulsarlas a ir más allá de sí mismas.
En realidad, la vida misma es una especie de juego, pero no un juego infantil. Es el juego del desarrollo. La cuestión es si participamos en él de forma consciente o simplemente nos dejamos llevar. Incluso el sufrimiento tiene un papel en este proceso. Las dificultades y las decepciones pueden impulsarnos a buscar un estado mejor, a imaginar una forma distinta de vivir y a empezar a avanzar hacia ella.
La humanidad se encuentra hoy en un callejón sin salida. Hemos alcanzado un progreso tecnológico y material sin precedentes y, sin embargo, muchas personas se sienten perdidas, inseguras y desconectadas. ¿Cuál es el camino a seguir? Según la Cabalá, la respuesta es que debemos empezar a representar el estado que deseamos alcanzar.
¿Y cuál es ese estado?
La amistad, el amor, la preocupación mutua y una conexión humana positiva.
Al principio, esta idea puede parecer ingenua o infantil. Sin embargo, todo cambio importante comienza con la imaginación y el esfuerzo. No esperamos a sentir de manera natural amor por los demás para actuar en consecuencia. Empezamos comportándonos como si esa conexión fuera posible. Hacemos esfuerzos conscientes por crearla, incluso cuando todavía no existe en nuestro interior. Igual que los actores ensayan un papel, poco a poco acabamos convirtiéndonos en él.
Esto no significa hipocresía. Significa un desarrollo consciente. Al principio puede que no sienta un afecto genuino hacia otra persona. Pero si aspiro de manera constante a una actitud benevolente, empiezo a crear una nueva realidad interior. Lo que comienza como un esfuerzo termina convirtiéndose en un sentimiento. Lo que empieza como un juego acaba transformándose en la propia vida.
El juego más importante, por tanto, no es el de la competencia, el estatus o el logro personal. Es el juego de construir buenas relaciones entre las personas. Quizá ni siquiera deberíamos llamarlo amistad y amor, porque esas palabras a menudo suenan sentimentales. Más exactamente, se trata del esfuerzo por crear una conexión benevolente, apoyo mutuo y una comprensión compartida de que nuestro bienestar depende unos de otros.
A medida que esta conciencia se desarrolla, surge una nueva imagen de la realidad. Empezamos a ver que estamos profundamente interconectados. Mi bienestar físico y emocional depende de los demás, y el suyo depende de mí. Somos partes de un único sistema en el que cada actitud, pensamiento y acción influye sobre el conjunto.
Esta interdependencia es una ley de la naturaleza. La forma en que nos relacionamos con los demás moldea el mundo que experimentamos. Si nos acercamos al mundo con hostilidad, separación y desconfianza, fortalecemos esas cualidades en el entorno que nos rodea. Si cultivamos el cuidado mutuo, la comprensión y la conexión, descubriremos gradualmente una realidad diferente.
En este sentido, cada persona está pintando constantemente el mundo en el que vive. Los colores provienen de su actitud hacia los demás. Y si la humanidad ha de entrar en una nueva etapa de desarrollo, será a través de este juego: aprender a construir conexiones humanas positivas hasta que esas conexiones se conviertan en nuestra nueva naturaleza.



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