
Imagina que te relacionas con los demás como un padre o madre amorosa se relaciona con sus hijos, ya sea con firmeza o con bondad, pero siempre con amor. Esta es la actitud que debemos adoptar hacia todos.
Sin embargo, cuando alguien ve esto y reconoce sinceramente que no puede tener esa actitud, que no puede amar a los demás de esa forma, resulta que su comprensión no es una simple oración. Es un examen interno. Es un momento de verdad, cuando se empieza comprender cuán alejado se está de lo que se requiere, cuánta corrección aún se necesita.
A partir de este reconocimiento, comienza a formarse un anhelo más profundo. Empezamos a desarrollar una exigencia interna, una petición de cambio. Empezamos a juzgarnos con mayor claridad y podemos recurrir con una petición, a la fuerza original que nos creó y nos sostiene: «¡Corrígeme, porque yo no puedo!».
No podemos cambiar nuestra naturaleza egoísta, no podemos dejar de darle prioridad a nuestros deseos sobre los de los demás. Sólo la fuerza única que nos creó puede hacerlo. Pero para que ocurra, se necesita una demanda genuina, un anhelo interior y nuestra perseverancia. Y no debemos demorarnos, debemos hacer esa demanda lo antes posible.
Comenzamos con una instrucción simple pero absoluta: amar a todos. Deseamos alcanzar este estado, pero descubrimos que no podemos. De esta brecha entre el estado deseado y el estado actual nace una petición verdadera: «Lo quiero, pero no puedo lograrlo. ¡Ayúdenme!».
Este es el comienzo del camino hacia la transformación espiritual, de amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos y hacerlo de forma natural.



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