
Podríamos pensar que ayudar a alguien, por ejemplo, un pequeño gesto de ayudar a una anciana, es una buena acción. Pero, si profundizamos, debemos preguntarnos: ¿para quién lo hacemos realmente?
Si sentimos que nos beneficiamos a nosotros mismos, ya sea para nuestro futuro, para obtener recompensa o reconocimiento, la acción es egoísta. Se hace en beneficio personal y se elimina ese beneficio, ya no lo hacemos.
Por eso, esas acciones, aunque puedan ser útiles en este mundo, no se consideran buenas acciones en el sentido espiritual.
Debemos comprender que el ego nos soborna constantemente. Cada una de nuestras acciones se mide según el cálculo: «¿Qué ganaré?». Incluso si la ganancia es sutil, como la sensación de honor, satisfacción interior o rectitud, sigue siendo egoísta.
¿Y cuál puede ser una acción buena y genuina? Una buena acción es un acto hecho en contra del ego, sin esperar nada a cambio; es decir, sin recompensa ni reconocimiento ni, en general, ningún cálculo interno que reporte beneficio alguno. Es como si nadie lo sabe, ni lo sabrá jamás. No queda rastro ni siquiera el nombre de quien la hace.
Solamente así, la acción comienza a ser un acto de generosidad y entrega puras.
Esto, por supuesto, es totalmente opuesto al funcionamiento de este mundo. Nuestro sistema cultural, artístico y económico se basa en propiedad, reconocimiento y recompensa. «Esto es mío». «Merezco crédito». «Debería recibir algo a cambio». Sin embargo, el camino espiritual va en la dirección opuesta.
Al mismo tiempo, debemos ser realistas. No podemos actuar sin obtener beneficio personal. Por eso, incluso las acciones egoístas, hechas con alguna expectativa de recompensa, son útiles. Reducen el daño en el mundo. Comienzan a crear hábitos.
Gradualmente, actuando así, podemos elevarnos a un grado superior. En cierto punto, comenzamos a hacerlo simplemente porque es bueno para los demás, no para nosotros. Es una transición a un nuevo nivel. El trabajo espiritual comienza a partir de ese momento.
Y se revela algo nuevo: el alma.
Al principio, el alma no existe dentro del individuo. Es un espacio que creamos fuera de nosotros, en nuestra actitud hacia los demás. Este espacio debe llenarse con el deseo de beneficiar al mundo, sin ningún beneficio propio, todo hacia afuera.
En general, la humanidad está evolucionando hacia esta comprensión, de hecho puede lograrlo.



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