
Esta es una declaración de Steve Wozniak, cofundador de Apple: “Cuando fundamos Apple, Steve Jobs y yo hablamos de que queríamos que la gente ciega fuera tan igual y capaz como los videntes y se podría decir que lo logramos, cuando ves a la gente que camina por la acera viendo algo en sus manos, totalmente ajena a lo que le rodea”.
Aún no comprendemos que la explosión de la electrónica y las innovaciones tecnológicas no ha expandido la sensibilidad humana, sino que la ha limitado. Se redujo el mundo a una pequeña pantalla que cabe en la palma de la mano. Para el que la ve, no existe nada más. Cree estar conectado al mundo, pero en realidad está conectado a intermediarios —oficinas, sistemas y corporaciones— que lo alimentan según sus decisiones. Así, en lugar de ser más libre, el ser humano se ha vuelto más dependiente. Cada vez más, nos estamos convirtiendo en esclavos.
Y hay algo aún más grave. Con el auge de la electrónica, muchas profesiones comunes desaparecen. Una profesión, no es sólo la forma de ganar dinero. Lo más importante de la profesión es que, gracias a ella, la persona se siente necesaria en la sociedad, apta para convivir con los demás. La profesión es una forma de comunicación. Yo soy sastre, tú eres zapatero, médico, abogado… lo que sea, nos necesitamos. Intercambiamos servicios, interactuamos y vivimos a través de los demás.
Pero, si no nos necesitamos, si sólo nos quedamos viendo el teléfono, se convierte en droga. Simplemente nos quedaremos dormidos. Las películas darán vueltas en la cabeza y nos alejaremos por completo de la vida real.
Estas innovaciones, gradualmente, nos están llevando a un estado llamado «reconocimiento del mal». Es decir, nos obligarán a reconocer que el desarrollo egoísta, donde cada uno busca beneficio propio a expensas de los demás y de la naturaleza, nos lleva a un callejón sin salida. No tendremos más remedio que admitir que ese camino trae vacío, dependencia y separación y que debemos escapar de él, escapar de un salto, a cualquier lugar que nos aleje.
Probablemente avanzaremos cada vez más en tecnología, justo para descubrir que no nos conduce a ninguna parte. No porque la tecnología sea mala, sino porque el desarrollo externo, sin desarrollo interno, sólo revela vacío. El progreso externo es innecesario. Lo que se necesita es el progreso interno.
Si no nos desarrollamos internamente —hacia la conexión, responsabilidad mutua y propósito de la vida—, el progreso tecnológico simplemente nos llevará de vuelta al principio, a las preguntas: «¿Por qué y para qué vivimos?»



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