
De hecho, cada uno es absolutamente único, con una función en la creación que nadie más puede desempeñar. Así debemos vernos a nosotros mismos y a los demás.
Cuando lo comprendemos, entendemos que no tenemos derecho a quitarle la vida a nadie ni ningún derecho a forzarlo ni a destruirlo.
Cuando comprendemos que cada uno es irremplazable, nuestra relación con los demás deberá construirse sobre la base de que, en cada momento, estamos en circunstancias excepcionales y debemos responder según las leyes de una interacción equilibrada y en armonía con el mundo que nos rodea.
Incluso en la guerra o especialmente en ella, esta comprensión se agudiza. La tragedia de innumerables víctimas debe despertar en nosotros la comprensión de lo preciosa e irrepetible que es cada vida.
¿En condiciones tan extremas lograremos entenderlo? No, no todos. Pero si reflexionamos sobre nuestra desempeño genuino en el mundo, llegaremos a la conclusión de que cada vida humana es singular, inimitable e invaluable.



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