
La Naturaleza es el Creador y el Creador es la naturaleza. Son uno y lo mismo.
En Gematría hebrea, Elohim (Dios) y HaTeva (Naturaleza) comparten el mismo valor numérico (86) porque se refieren a la misma fuerza superior que gobierna. Si establecemos una relación equivalente con esta fuerza, con el Creador o la naturaleza, esa fuerza se relacionará con nosotros de la misma forma.
Sobre la relación de igualdad entre el Creador y la naturaleza, el cabalista Yehuda Ashlag (Baal HaSulam) escribió en su artículo La Paz:
“HaTeva tiene el mismo valor numérico que Elokim: ochenta y seis. O sea, puedo llamar a las leyes de Dios, ‘mandamientos de la naturaleza’ o viceversa (los mandamientos de Elohim con el nombre de ‘leyes de la naturaleza’), pues es uno y lo mismo”.
Estos mandamientos o leyes de Dios no son física ni matemáticas. Son leyes que nos indican cómo debe relacionarse la humanidad con todo lo externo: con los demás y con los niveles: inanimado, vegetal y animal. Relacionarse con el Creador es tener una actitud sincera de amor hacia todos y todo. Por eso, las leyes de la naturaleza o los mandamientos del Creador, se reducen a un simple requisito: amar a los demás como a nosotros mismos.
Nacimos con la cualidad del amor propio. Es nuestro ego. En otras palabras, nuestra base es el deseo de disfrutar y de usar todo fuera de nosotros, cualquier cosa o persona para nuestro regocijo y beneficio. Por el contrario, el amor al prójimo es inexistente en nosotros. No existe ni siquiera parcialmente, simplemente no existe en nosotros. Por eso, el mandamiento principal del Creador o la ley general de la naturaleza, es “amar al prójimo como a ti mismo”.
«Prójimo» es todos y todo lo que nos rodea. La humanidad, la naturaleza y el mundo entero. En nuestro interior, debemos cultivar un sentimiento de amor que fluya desde el corazón hacia afuera. No es un cálculo racional de dedicarnos a causas de caridad y filantrópicas, sino un sentimiento genuino y sincero. De hecho, es lo más difícil que podemos hacer, porque no entendemos qué es amar con el corazón.
Es un proceso largo, no un interruptor que activemos. Amar es relacionarse con los demás, exactamente como nos relacionamos con nosotros mismos. No sabemos cómo hacerlo y a veces decimos, medio en broma: “Muéstrales una película sobre cómo se aman a sí mismos, para que vean cómo deben amar a los demás”. El deseo constante de tener la razón, sentirse cómodos, cálidos y comprendidos, es lo que debemos dar a los demás.
Si pudiéramos salir de nosotros, anular nuestra necesidad absoluta de tener siempre la razón y decirle al otro: “Tienes razón”, estaríamos avanzando hacia el amor. Es un trabajo interior serio. Pero si logramos hacer incluso una parte, advertiremos una existencia de mucha más armonía paz y felicidad.
Y es porque somos nosotros, la humanidad, los principales causantes de toda negatividad. La naturaleza sólo nos responde. Confió el mundo en nuestras manos, para que hagamos lo que deseemos. Pues la naturaleza misma es dadora y otorgante. Nos dará exactamente en la misma medida en que nosotros damos a los demás.
Por eso, nos enfrentamos a una condición estricta: de una forma u otra, debemos lograr equivalencia de forma con la actitud amorosa y otorgante de la naturaleza o del Creador. La naturaleza no cederá. Seguirá sacudiendo, quemando y presionando a la humanidad, hasta que tomemos la única decisión que se nos exige: avanzar hacia el amor al prójimo y a la naturaleza, en otras palabras, aceptar la ley de «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Ese acuerdo no es como una resolución en una reunión, tras la cual todos se van y siguen con sus asuntos como siempre. Requiere decisión interna unánime de toda la humanidad.



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