
Estamos hechos del deseo de recibir placer y deleite, es el deseo de disfrutar y existe en grados diversos. Este deseo se desarrolla cualitativamente, se vuelve más sofisticado y nos impulsa a buscar nuevas satisfacciones. Si antes sólo queríamos comida, sexo y un techo, más tarde surgieron deseos de riqueza, vida social, respeto, control, ciencia y conocimiento. Dentro de cada deseo, se desarrollaron sabores únicos, diferencias múltiples y un refinado sentido del gusto.
A medida que el deseo de recibir se desarrolla, se manifiesta de dos maneras clave: placer y sufrimiento. O bien se siente cierta falta de placer, que puede aumentar hasta el punto de fenómenos terribles que causan mucho sufrimiento, o bien, se buscan satisfacciones relativas, hasta la satisfacción plena. Vivimos entre esta sensación de insatisfacción y satisfacción.
El deseo de disfrutar es nuestra sustancia o materia fundamental. Es decir, albergamos en el interior una sensación constante de carencia o necesidad, que busca atraer placeres en todo momento. En este deseo Influyen rasgos innatos, educación, impacto del entorno y los valores que recibimos de la familia, la sociedad, los medios de comunicación que consumimos, el estado de ánimo y muchos otros factores cambiantes.
Cada uno de nuestros movimientos, conscientes o inconscientes, tiene como objetivo satisfacer nuestro deseo de recibir. Día y noche, nos dedicamos a calcular cómo obtener el máximo placer con el mínimo esfuerzo. Esta es la ley de la plenitud óptima. Por lo tanto, la ansiedad por la satisfacción que buscamos es un estado interno constante. Curiosamente, a menudo no somos conscientes del grado de ansiedad que albergamos, porque nos acostumbramos a él.
Además, contamos con mecanismos que nos ayudan a no desear cosas demasiado grandes para nosotros, para no decepcionarnos ni sufrir. Constantemente revisamos qué está a nuestro alcance y vale la pena anhelarlo y qué es demasiado para nosotros y no debe preocuparnos. Estos mecanismos definen esencialmente los límites de nuestra ansiedad.
Así, la ansiedad y preocupación forman un trasfondo constante en la vida, no sólo en la humana, sino en toda criatura de la naturaleza. Todos y todo estamos hechos del deseo de satisfacción y todo lo que hacemos es para proveernos a nosotros mismos. La pregunta importante que surge de esta situación es, cómo podemos alcanzar un estado de equilibrio, donde nuestra preocupación y ansiedad se encuentren en un nivel que nos lleve a la satisfacción óptima. El punto de equilibrio es también el punto de salud. Por lo tanto, necesitamos aclarar de qué depende el equilibrio.
Los humanos somos seres sociales y el entorno influye enormemente en nosotros. Si logramos organizar el entorno para que no infunda miedo en nuestra vida, podremos calmar nuestra ansiedad y preocupación.
Para ilustrar este concepto, imaginemos una realidad en la que los medios que consumimos no nos bombardean, deliberadamente, con contenido amenazante para captar la atención y los índices de audiencia. ¿Cómo sentiríamos la vida? Los medios de comunicación actuales, con los que interactuamos, son una fuente importante de estrés, desequilibrio, enfermedad y dolor, tanto mental como físico. También debemos tener en cuenta que, de generación en generación, el ambiente social se vuelve más egoísta. Actualmente, la competencia comienza desde el jardín de niños y muy rápido se vuelve destructiva y agresiva. Niños y adolescentes suelen cargar con impresiones negativas, profundas y duraderas de estas experiencias. Incluso si no las expresan, los jóvenes acumulan ansiedad y miedo.
El enfoque integral de la educación, ofrece una respuesta directa a la ansiedad, junto con un proceso de sanación para la sociedad en su conjunto. Esta respuesta directa se basa en el trabajo en grupos pequeños de unas diez personas. Bajo la guía de expertos integrales, se construye un grupo que actúa como muro protector contra las influencias negativas de la vida. Este método enseña a desarrollar una profunda conexión humana mutua, unida por lazos de calidez, apoyo y ánimo.
El humor también ayuda a aliviar la tensión. Cuando surge una chispa ingeniosa que, sorprendentemente conecta dos polos opuestos, nos hace reír y nos libera. Sucede porque toca exactamente la frecuencia que nos estresa en la vida, cuando no podemos desenredar nuestros propios nudos. Por eso el buen humor puede sanar y devolver el color a nuestro rostros.
En cuanto a la sanación a escala global, vemos que la evolución de la humanidad ha incluido innumerables esfuerzos para dirigir el desarrollo del ego hacia un camino bueno y útil para la sociedad, pero lo que logra es encaminarnos hacia el daño. Estamos en una situación peligrosa, porque el mundo está cada vez más interconectado, pero el ego estrecho se intensifica. Esta es la raíz de todos nuestros problemas, en relaciones a nivel internacional, en la división que se extiende hasta el fondo en la sociedad y hasta en la desintegración de la unidad familiar.
Por eso, sólo hay una esperanza: emprender una revolución educativa y cultural universal. Juntos debemos despejar el aire de la influencia egoísta negativa y comenzar a elevar los valores integrales de conexión, mutualidad, apoyo y consideración. Así como la naturaleza conecta sus innumerables partes para formar la red de la vida, también nosotros debemos desarrollar la capacidad de conectarnos como órganos diferentes que se complementan.
El mundo futuro tiene que ser un mundo conectado. Alinearnos con él significa conectar nuestros corazones. ¿Seguiremos compitiendo en un mundo así? Claro, pero será una competencia positiva; por ejemplo, una competencia para ver quién contribuye más a la sociedad y quién eleva más el ánimo de los demás. Mientras más llene nuestra vida este espíritu positivo, más invitaremos a la nueva fuerza vitalizadora que nos impulsará a descubrir un mundo totalmente nuevo, uno de armonía y paz.



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