
Cuando Isaac Newton falleció en 1727, sus familiares heredaron su enorme colección de manuscritos y esperaban que fueran muy valiosos. Compradores y académicos de Cambridge, el Museo Británico y diversos representantes de la Iglesia los examinaron. Muchos se sorprendieron o incluso se desconcertaron por su contenido, ya que gran parte de sus escritos inéditos se centraban en temas religiosos, heréticos y alquímicos, en lugar de científicos, eso hizo que los manuscritos fueran misteriosos y para algunos, inquietantes, lo que los llevó a años de olvido.
Newton creía en un solo Creador. Citaba a Rambam, respetaba la sabiduría de los cabalistas e investigó el desarrollo del conocimiento de la fuerza superior, a lo largo de la historia. Escribió que Dios transmitió la comprensión del universo a Adam, luego a unos pocos elegidos, después a Abraham y de allí, al pueblo de Israel. Creía que los secretos del universo eran accesibles sólo para unos pocos, Moisés sobre todo y que estos secretos estaban encriptados en la estructura del Templo de Jerusalén.
Newton se dedicó a investigar el Templo, convencido de que en su diseño residía la armonía del universo. Para él, cada medida y proporción revelaba un orden oculto. Así, descubrió las leyes físicas, anhelaba descubrir las leyes espirituales inherentes a la creación. A sus ojos, Abraham y Moisés obtuvieron acceso directo al Creador y él, a su manera, buscó lo mismo.
¿Qué nos dice esto? Nos dice que detrás del genio científico de Newton se escondía un anhelo más profundo: descubrir el sistema superior que rige la realidad. Intuía que la sabiduría del Creador se ocultaba en textos y estructuras antiguas y que el propósito de la humanidad está ligado a esta sabiduría. La resistencia que encontraron sus escritos no fue casual. La humanidad no estaba preparada para aceptar que el mayor científico de su época colocara el Templo y la Torá en el centro del conocimiento universal.
Hoy, sin embargo, llegamos a la misma conclusión. La ciencia ha avanzado mucho, pero se acerca a sus límites. Mientras más profundizamos en la investigación científica, más claro es que la materia y la fuerza, por sí solas, no pueden explicar el significado y el propósito de la vida. Igual que Newton, debemos volver a investigar la fuente de la vida, es decir, las leyes de la naturaleza, como leyes del Creador, que son leyes de amor, otorgamiento y conexión.
El legado de Newton no se limita a la gravedad ni a la óptica. También es el recordatorio de que los secretos de la vida residen en la conexión entre la humanidad y la fuerza superior. Señaló el Templo, no como un edificio de piedra, sino como un código para la estructura del universo, un símbolo de armonía entre Creador y creación. Con esto, nos dejó no sólo ciencia, sino una guía: buscar unidad y aplicarla a nuestra propia vida.


