
Podemos cultivar paz interior y vivir una vida más plena, aprendiendo, como si fuera una especie de juego, a aceptar los múltiples giros y vueltas del destino, no como algo cruel, sino algo con significado profundo y una interacción divertida con la fuerza superior.
Cada acontecimiento y cambio repentino en la vida es como una jugada de un gran oponente en el tablero de ajedrez. Él mueve y es nuestro turno. Observamos, pensamos y respondemos. En ese proceso comenzamos a percibir que estamos en un diálogo vivo con la misma fuerza que nos creó y nos sostiene.
Así, cada respuesta, pensamiento, sentimiento y decisión se convierte en parte de una aventura de descubrimiento interior. Empezamos a sentir entusiasmo, incluso alegría, porque comprendemos que en la vida no hay nada caótico, sino un juego cuidadosamente organizado destinado a acercarnos a comprender quién juega con nosotros.
Incluso, si de momento no logramos percibir conscientemente la fuerza superior detrás de todo, el mismo deseo de percibirla, despierta a la fuerza para que juegue con nosotros y ese deseo nos orienta de manera óptima. Despierta una conciencia más profunda y transforma esta vida ordinaria en un camino espiritual.
En última instancia, es lo que deseamos alcanzar: sentir que cada giro del destino, cada carta jugada, cada paso dado, es una invitación a acercarnos al Uno que guía el juego, hacia la fuerza superior.


