
«Tomar el nombre del Señor en vano» es actuar en contra de la construcción de nuestra conexión y al mismo tiempo esperar que, de algún modo, nos pongan en contacto con el Creador —es decir, con la fuerza superior de amor y otorgamiento—. En otras palabras, si nos esforzamos por cualquier cosa que no sea una conexión humana positiva, nuestras acciones, en última instancia, resultarán vanas.
Tomar el nombre del Señor en vano, también implica malinterpretar el concepto de la oración. Una oración verdadera es obra del corazón. Es el esfuerzo por orientar el corazón hacia la conexión con los demás y cultivar amor hacia todos. Cuando nos esforzamos por lograrlo y descubrimos que no podemos hacerlo, surge en nuestro interior una carencia: la brecha entre lo que deseamos y lo que realmente podemos alcanzar.
De esta carencia nace la petición genuina: el deseo de poder otorgar y amar, la súplica por lograr una «segunda naturaleza» que trascienda nuestra naturaleza egoísta original.



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