
Todos tenemos ego, es natural. Pero la vida nos puso en el mismo barco. Si no aprendemos a llevarnos bien, probablemente nos hundiremos juntos. ¿Cómo podemos construir una nueva perspectiva en nuestras relaciones con los demás?
Vivimos dentro del sistema de la naturaleza con sus niveles: inanimado, vegetal, animal y humano. La fuerza interior que impulsa a las criaturas es el deseo de vivir y sentirse bien. El tamaño, el carácter y la calidad de este deseo distinguen a las criaturas. Instintivamente, cada ser actúa según su deseo. Así, la naturaleza forma un sistema integral, donde las partes se complementan. Y surge la red magnífica de la vida.
Lo que elevó al ser humano por encima del mundo animal fue el desarrollo del deseo. Un deseo creciente de recibir cada vez más, despertó en nuestro interior y construimos una civilización humana extensa.
Sin embargo, a medida que el deseo se desarrolló, también se volvió cada vez más egoísta y estrecho. La gente empezó a disfrutar explotando a los demás y poniéndose por encima. El deseo surgió cuando cada uno quería ser más rico, más poderoso, más respetado, más fuerte, tener más éxito, hacer lo que quería sin considerar a nadie más. En respuesta, la sociedad creó leyes y normas destinadas a limitar el daño que se podían infligir a otros. Por ejemplo, se promulgaron leyes contra la calumnia y se establecieron castigos.
Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos, el ego continúa fortaleciéndose, lo que hace que también aumente el daño que nos infligimos unos a otros.
Al mismo tiempo, el mundo está más interconectado e interdependiente que nunca. Cada vez es más claro que las luchas por dominar podrían traernos el desastre total. Vivimos en una era en la que la ansiedad de la guerra nuclear, el colapso ecológico y la crisis económica acechan constantemente. ¿Quién hubiera imaginado que en el siglo XXI enfrentaríamos crisis alimentaria? Cuando nos detengamos y dejemos de correr, podemos entender que las soluciones temporales no resuelven el problema. Nos enfrentamos a un tema fundamental: nuestra naturaleza cada vez es más egoísta. Lo que necesitamos es un método para construir un nuevo tipo de conexión entre todos.
El enfoque integral de la educación tiene su base en el trabajo en grupo. Su principio rector es la creación colectiva de un entorno que irradie nuevos valores, un nuevo sentimiento y una nueva percepción de la realidad.
Para lograrlo, los participantes estudian la naturaleza humana. Examinan lo que motiva a la gente, lo que la gobierna, cómo percibe el mundo y cómo les afecta la competencia destructiva. Al mismo tiempo, observan la naturaleza del mundo: la forma cada vez más interconectada que tiene hoy la vida y su influencia. Luego, se discute el estado al que aspiramos alcanzar.
El grupo es un laboratorio, donde los participantes intentan construir una sociedad en miniatura que funcione según el modelo deseado. Una persona sola no puede superar su ego. Pero si los que le rodean hablan de la importancia de la consideración, asistencia mutua y apoyo, de los logros que pueden alcanzar con esa actitud, de que pueden mejorar su salud y bienestar emocional y que pueden irradiar seguridad y felicidad, cada participante gana el deseo y la fuerza para avanzar en esa dirección.
Las palabras por sí solas no son suficientes. También debe haber ejemplo positivo. Cada participante debe intentar, con todas sus fuerzas, relacionarse amablemente con los demás. Incluso si en su corazón no sienten nada por ellos, deben imaginar que los aman y actuar desde ese amor imaginado. El objetivo es construir artificialmente el estado futuro que deseamos alcanzar, actuar y desarrollarlo como si ya existiera.
Aquí entran en juego los principios: «el hábito se convierte en segunda naturaleza» y «el juego de hoy se convierte en la realidad de mañana». Estos principios son parte de un método integral que vale la pena aprender y aplicar.
Otros puntos adicionales son importantes para el éxito del trabajo en grupo. Primero, es fundamental tomar la decisión colectiva de que, de ahora en adelante, en nuestro pequeño círculo, no permitiremos que surjan actitudes negativas ni en pensamiento ni en palabra ni en acción. Haremos todo lo posible para pensar positivamente unos de otros y tratarnos con la mayor amabilidad. No nos avergonzaremos de demostrar que estamos haciendo un esfuerzo, porque al hacerlo, ayudamos a otros a hacer un esfuerzo similar.
Además, antes de ir a la reunión del grupo, debemos prepararnos internamente con actitud de amor. Debemos iniciar cada proceso, construyendo conexión entre nuestros corazones, hasta que sintamos que, en el centro de la conexión, se forma una especie de punto brillante, cálido, dulce y vibrante. Debemos conservarlo juntos y luchar por no perderlo, ubicar cada discusión y actividad desde ese sentimiento común.
Gradualmente, en nuestro interior, se desarrollarán nuevas emociones, pensamientos y cualidades y de forma natural, surgirá en nuestro interior una nueva perspectiva de la vida. De pronto, descubriremos el deseo de dar, de ayudar y de amar. Percibiremos que estas cualidades son elevadas, nobles e indiscutiblemente correctas y buenas. Nos llenaremos de una fuerza interior que nos ayude a superar la naturaleza egoísta y a vivir en conexión y armonía.
En cada etapa del desarrollo del grupo, elevaremos el nivel. Definiremos una forma de relación aún más avanzada y juntos comenzaremos a ponerla en práctica. Así, conscientemente avanzaremos hacia la siguiente etapa del desarrollo de la humanidad y la sociedad: una etapa en la que todos están conectados en total integración.
Con una conexión así, alcanzamos la fuerza interior presente en la naturaleza: la fuerza única que subyace en la creación. La fuerza de la vida misma y su cualidad de amor y otorgamiento.



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