Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

¿Por qué la gente culpa a los demás y no a sí misma?

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Imagen de Yan Krukau en Pexels

En realidad, es la principal barrera psicológica de la humanidad. Instintivamente sentimos que el problema está fuera de nosotros. Por naturaleza nos justificamos, porque así funciona el ego. El ego se define como nuestro deseo innato de disfrutar en beneficio personal a costa de los demás. Nos protege de ver nuestros defectos. Y la reacción automática es: «Yo estoy bien, el problema son los demás». Cuando 8 mil millones de personas piensan así, el resultado es exactamente lo que vemos: un mundo roto.

¿Cómo podemos pasar de culpar a los demás a examinarnos a nosotros mismos? No sucederá por persuasión ni por discursos morales, porque internamente no sentimos que estemos equivocados. El cambio suele comenzar cuando la realidad contradice nuestra autoimagen. Si soy «bueno», si tengo «razón», si entiendo la vida, ¿por qué mi vida no funciona? ¿por qué veo el mundo cada vez más caótico, tenso e inestable? Esa contradicción comienza a resquebrajar la ilusión. Al principio, seguimos culpando a los demás, luego a los sistemas, después a los líderes, finalmente al destino. Pero, si somos honestos, surge una pregunta más profunda: si todos piensan que el problema son los demás, ¿podría ser que el problema radique en mi propia perspectiva?

Este es el inicio de la educación verdadera. La educación verdadera, en este sentido, no es adquirir información, sino aprender a observarnos. Es cuando nos damos cuenta de la rapidez con la que juzgamos a los demás, de que automáticamente nos justificamos y de que vemos la negatividad externa pero no la interna. Y en lugar de ver el mundo como un conjunto de personas aisladas, empezamos a sentirlo como un espejo. Cada rasgo que condenamos en los demás, como ego, orgullo, engaño o indiferencia, lo podemos reconocer en nosotros mismos.

En este punto, se abre ante nosotros una perspectiva de vida completamente diferente. En lugar de intentar corregir a los demás, trabajamos en corregir nuestra propia percepción y actitud. Y sucede un fenómeno sorprendente. A medida que cambiamos internamente, el mundo que percibimos también comienza a cambiar. No es porque los demás se vuelvan perfectos de repente, sino porque la perspectiva con la que vemos la realidad se vuelve más integrada, menos fragmentada. Al final de este proceso, logramos sentir que la humanidad no está separada, sino que forma parte de un mismo sistema. En la sabiduría de la Cábala, llamamos a este sistema «Adam», alma colectiva.

Y la responsabilidad cambia por completo. Ya no son «ellos el problema». Comprendemos que nuestra forma de relacionarnos con el mundo afecta a todo el sistema. Esta es una revelación profunda y liberadora, porque significa que el cambio es realmente posible. No se logra intentando arreglar a 8 mil millones de personas, sino comenzando por el único lugar donde podemos cambiar: nosotros mismos. 

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