Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

¿Cómo ha evolucionado la humanidad en el tiempo? ¿Hay avance en cada nueva generación o va en declive?

evolución

Para mejorar la vida y protegernos de amenazas, es fundamental comprender profundamente el sistema en el que vivimos. ¿Qué fuerzas operan en él? ¿cómo se organizan? ¿qué influye desde dentro y desde fuera?

El universo es el gran sistema en el que evolucionamos. Un espacio vasto, repleto de cuerpos, estrellas, planetas y galaxias. Según los descubrimientos, este sistema inició su desarrollo hace unos 14 mil millones de años, a partir de una pequeña chispa de fuerza. Esta fuerza puede definirse como deseo de subsistir y, gradualmente se fue multiplicando.

La materia, en su forma inanimada, se caracteriza por el deseo de preservación y en esencia, no necesita nada del exterior. Es decir, «disfruta» tal como es. Por ejemplo, si tomamos hierro o agua y queremos transformarlos, debemos aplicar fuerza. Si nada influye, siguen inalterados para siempre.

Posteriormente se desarrolló el nivel vegetal. En las plantas, el deseo de existir busca recibir formas más avanzadas, absorbe influencias externas que parecen favorables y libera lo que le perturba. Es un deseo más desarrollado que el de los seres inanimados. Es un deseo dispuesto a cambiar, que de hecho, ve progreso en el cambio.

Dado que la naturaleza comenzó a desarrollarse desde una sola fuerza, desde un solo deseo, sigue interconectada en todas sus partes. Lo que un elemento percibe como dañino y expulsa, otro lo percibe como bueno y lo incorpora. Así está conectado todo. Todas las partes de la naturaleza existen en un ciclo de absorción y emisión dentro de un mecanismo integral.

En el reino animal, primero se desarrollaron organismos unicelulares. Luego, «descubrieron» que era mejor conectarse y surgieron criaturas multicelulares. Las células tomaron diferentes funciones, cooperando entre sí y según las condiciones ambientales, se desarrollaron diferentes cuerpos. Y vemos, por ejemplo, osos pardos, osos negros, osos polares, osos pandos, etc.

El deseo de los animales está en un nivel superior al de las plantas, por eso se mueven y cambian de lugar. En cada célula viva, junto al deseo de estar bien, se desarrolla el intelecto, un cerebro, un programa especial para ayudarse. Surge la memoria de eventos pasados, planes para el futuro y se analiza la dirección y forma de desarrollo que les conduzca a un estado mejor.

En general, se pueden identificar cuatro etapas del pensamiento que se desarrollan dentro del deseo: percepción, comparación, conclusión y retroalimentación. Esto se expresa, por ejemplo, en la forma en que cada criatura construye su vivienda; en la tierra o en un árbol, en la forma en la que se reproduce y protege su territorio.

Los seres humanos, físicamente, pertenecen al mundo animal, pero su deseo se desarrolló a un nivel superior y su intelecto se ha desarrollado a la par. Es importante señalar que la dependencia del ser humano a su entorno, es extremadamente fuerte. Por ejemplo, si un niño crece en el bosque entre animales, se convertirá en uno de ellos, pero si crece en una sociedad determinada, se desarrollará en consecuencia.

Desde una perspectiva más amplia, el desarrollo humano puede dividirse en etapas internas que corresponden a los niveles inanimado, vegetal, animal y humano.

El primer período comenzó hace alrededor de 35,000 años aC y puede definirse como la etapa inanimada del desarrollo humano. Los deseos eran básicos, alimento, sexo, familia y vivienda. Alrededor del año 3200 aC, comenzó la etapa vegetal, en la que el deseo dominante fue el de riqueza. Posteriormente llegó la Edad Media, desde aproximadamente el año 500 hasta el siglo XV. Esta fue la etapa animal, en la que el deseo dominante fue el poder. A partir del siglo XV comenzó la etapa del desarrollo del ser humano dentro del ser humano, el deseo dominante fue el de conocimiento. Este deseo se expresó en el impulso de descubrir continentes y desarrollar ciencia y tecnología. Fue la época del Renacimiento. La personalidad individual comenzó a destacar y cada uno comenzó a verse a sí mismo como el centro de la realidad. El siglo XX trajo avances trascendentales, como ejemplo está Einstein, la teoría de la relatividad, la energía nuclear, la comunicación de masas, la revolución de internet y mucho más.

Sin embargo, desde finales del siglo XX se percibe un declive, una especie de estancamiento y parálisis. Es como si hubiéramos llegado al final de la evolución, al punto mismo desde el que todo comenzó. La sensación es que ya no hay más camino por recorrer, como si el deseo de avanzar hubiera desaparecido. En el pasado siempre hubo quien impulsara revoluciones y nuevos desarrollos. Había puntos de vista opuestos que se enfrentaban y eso ayudó a clarificar qué era correcto y qué no. Pero, en los últimos años, esas voces parecen haberse silenciado. Nadie tiene grandes planes ni objetivos inspiradores, por no hablar de una visión convincente. Los deseos se desvanecen y la gente apenas encuentra energía para afrontar el día a día.

Ya no vemos nada por delante. La humanidad nunca había estado así, estamos en una etapa de desarrollo muy particular. A partir de aquí, tendremos que reflexionar juntos sobre: ¿qué desarrollo completamente nuevo puede surgir de este callejón sin salida? 

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