
Cuando hablamos del alma, primero debemos aclarar una idea fundamental y errónea: el alma no es personal, no existe dentro del individuo desde el nacimiento. El alma es un fenómeno colectivo, el deseo mutuo que existe entre la gente.
La Torá describe un ser único creado, le llama Adam, posteriormente se dividió en muchas partes. Nosotros somos esas partes. Por consiguiente, el alma no es individual, sino un sistema de conexión entre estas partes, un deseo colectivo en el que todos estamos interconectados.
Si queremos comprenderlo de forma práctica, debemos observar nuestro mundo. Cuando nos conectamos «como un hombre con un corazón», en amor mutuo, reciprocidad y generosidad, cuando nos relacionamos verdaderamente con el principio de «ama a tu prójimo como a ti mismo», se crea una fuerza especial entre nosotros. Esta fuerza colectiva que se manifiesta en la conexión, es lo que llamamos «alma».
Es decir, ningún individuo posee un alma. El alma es la conexión con los demás. Se encuentra fuera de nosotros, en la actitud hacia los demás. Cuando una persona trasciende su ego, cuando se eleva por encima de su deseo egoísta de beneficio propio y anhela ser incluida en los demás, conectarse en igualdad y entrega mutua, esa conexión se convierte en su alma.
Aunque nadie lo sepa, incluso si una persona se sienta en silencio e internamente desarrolla el deseo de conectarse con los demás y de ayudarlos a unirse y a participar en el sistema colectivo, adquiere el alma, el campo mutuo de conexión.
Por eso el alma también se denomina “asamblea” o “reunión”, es un conjunto de deseos que convergen en un sistema. En última instancia, nos incluye a todos, a toda la humanidad, como una sola alma unida.
La persona que no desea conectarse con los demás, aún no tiene un alma. Precisamente, el alma es ese deseo común, como las células del cuerpo que trabajan en armonía por el bien del conjunto. Cada célula conserva su individualidad, pero todas están integradas en un sistema vivo. La esencia de ese sistema es el alma.
Dentro de esta conexión, cada uno comienza a sentir la fuerza superior de amor y generosidad, que en Cabalá se denomina “Creador”. Dado que el Creador es esa fuerza de amor y generosidad, cuando una persona adquiere esas cualidades hacia los demás, se asemeja a Él. Esta semejanza se llama “adhesión”.
Por eso, en la medida en la que nos conectamos con los demás en amor y otorgamiento, en esa medida se tiene alma y en esa medida hay conexión con el Creador.
Cuando esa conexión se completa, es decir, cuando nos unimos a todos, se logra el alma plena, el alma común de la humanidad, llamada “Adam”.
Al mismo tiempo, la individualidad no se pierde. Por el contrario, cada uno logra el alma colectiva desde su propia perspectiva única. Como las células del cuerpo, cada una aporta algo único en servicio del conjunto.
Por eso se dice que del amor a los seres creados se llega al amor al Creador. No hay otro camino. Dentro de este sistema general, hay diferentes funciones. Hay deseos que tienen una inclinación especial hacia la conexión, a ir “directo al Creador” (Yashar El). A estos se les llama “Israel”. No es que les resulte más fácil, sino que tienen mayor sentido de responsabilidad y urgencia hacia la conexión. Al mismo tiempo, se les da mayor resistencia contra el ego, para que puedan tener libre albedrío.
Otros deseos, denominados “naciones del mundo”, por naturaleza, no sienten ese impulso hacia la conexión. Son más individualistas. Aún así, todos forman parte del mismo sistema y en última instancia, todos deben integrarse en la misma alma.
Históricamente, el grupo llamado Israel tuvo un sentido más fuerte de conexión y responsabilidad mutua. Esto se expresó en su ayuda mutua, destino compartido y cercanía interna. Pero hoy, este sentimiento se desvaneció, porque la humanidad ha entrado en una etapa de egoísmo intensificado.
Aunque ahora, lo queramos o no, el mundo se está interconectando globalmente. Esta es la ley manifiesta de la naturaleza. Estamos destinados a alinearnos conscientemente, a construir conexiones voluntariamente, pero no lo hemos hecho. Por eso, hay tantas crisis.
La función de quienes sienten esta inclinación hacia la conexión es comenzar a vincularse, es decir, construir unidad y demostrarla. Esto es lo que significa ser “luz para las naciones”, revelar el método de la conexión. Si se hace, todo el sistema comenzará a corregirse. De lo contrario, la presión seguirá aumentando.
El exilio, en este sentido, no es un lugar físico, sino la falta de conexión. Y la redención es la restauración de esa conexión. Por eso, dondequiera que estemos, nuestra tarea es la misma: construir la conexión con los demás, revelar el alma colectiva. Este es el estado futuro de la humanidad: convertirse en un sistema conectado, en una sola alma, en la que el Creador sea revelado.



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