
Cuando alguien dice: «Tomé la decisión equivocada», la primera pregunta que hago es: «¿Cómo sabes que fue incorrecta?». Sólo creemos saberlo después de haber actuado y visto el resultado. Pero desde una perspectiva más profunda, no existen las decisiones equivocadas.
Lo comprobamos todo: sopesamos, medimos, pensamos, esclarecemos y después decidimos y actuamos. Es todo lo que se requiere de nosotros. Lo que suceda después ya no está en nuestras manos. Si después nos damos cuenta de que «Todo salió mal, no alcancé el objetivo», no hay nada que podamos hacer. Y lo más importante, no hay nadie a quien culpar, menos a nosotros mismos.
Atormentarnos surge de la ilusión de que controlamos los resultados. Pero no es así. Antes de la acción, nuestro trabajo es explorar, decidir y actuar. Después de la acción, todo pertenece a la fuerza superior de la naturaleza que envuelve nuestra vida. Fue esta misma fuerza la que dispuso el resultado, precisamente en la forma que es. No sucede por error ni como castigo, sino exactamente como se planeó desde el principio.
Por lo tanto, no debe haber arrepentimiento. Arrepentirse es pensar que algo podría haber sucedido de otra forma, pero es falso. No podría haber sido. La fórmula interna correcta es: «Yo decido y actúo, la fuerza superior hace el resto».
Si relacionamos lo sucedido con esta fuerza, la presión interna desaparece inmediatamente. Dejamos de desgastarnos por dentro, porque comprendemos que hicimos todo como se nos exigía. A partir de ese momento, el resultado es parte de la naturaleza que nos guía, aunque aún no entendamos cómo.
Vivir así es vivir sin remordimientos. De hecho, podemos aprender a hacerlo. No debemos arrepentirnos de nada, porque todo, absolutamente todo, está orquestado desde arriba.


