
Así es, el número de ateos en el mundo está aumentando. Algunos estiman que se acerca a mil millones de personas y la tendencia parece ir en aumento. Sin embargo, esto no sorprende. Refleja un proceso más profundo de desarrollo humano.
El ateísmo no es la ausencia de creencia. Es creencia, pero redirigida. Es una especie de religión moderna. Su dios es la razón, el progreso, la tecnología, el éxito y el dinero; es decir, fuerzas en las que la gente confía para dar sentido a la vida. En este sentido, el ateísmo es la religión de la naturaleza. No es la falta de Dios. Es una fase necesaria en nuestra evolución.
A medida que el ego humano se desarrolla, comienza a rechazar las imágenes primitivas de una deidad que, antes era reconfortante. Pero no quiere decir que la búsqueda de algo superior desaparezca. Al contrario, se refina. Se comienza a buscar algo real, comprobable, que no exige fe ciega, sino que se puede sentir y examinar internamente.
¿Y cuál es la verdadera fe? Según la sabiduría de la Cabalá, la verdadera fe no es creer en algo invisible o intangible. Es alcanzar la fuerza superior de amor, otorgamiento y conexión, de forma clara, directa y consciente. Podemos lograr conexión plena con esa fuerza. La fuerza superior nos penetra, nos llena y actúa a través de nosotros, con nuestra plena participación y consentimiento.
Esta es la esencia de Cabalá: la ciencia de revelar al Creador, a la fuerza superior de la realidad, gracias al proceso consciente y voluntario de asemejarnos a Él.
¿Qué es esa fuerza? Es una fuerza de amor y concesión absolutos. No tiene imágenes ni rituales ni intermediarios. Existe más allá de tiempo, espacio y movimiento, sin forma ni exigencias. Es una oferta constante de conexión y, espera que la descubramos.
Pero aquí reside el desafío. Esta fuerza es completamente opuesta a la naturaleza humana. Estamos hechos para recibir, protegernos y servir a nuestro ego. Por eso, para la mayoría, la idea de amor y entrega absolutos, resulta poco atractiva e incluso repulsiva. Se siente antinatural, pues amenaza al ego.
Sólo aquellos en quienes se despierta un anhelo genuino, es decir, el deseo ardiente por conocer el sentido de la vida, un deseo que eclipsa todo lo demás, buscarán esta conexión a cualquier precio. Si ese deseo aún no despierta, seguimos viviendo para el cuerpo, para existir en el nivel animal de la vida, incluso si nos consideramos humanos.
Pero, este anhelo despertará en todos. Tarde o temprano, cada alma debe alcanzar el estado en el que exclama: «¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿por qué nací?». Ese clamor es el comienzo del camino espiritual.
Nuestro ascenso espiritual no se da en soledad. La humanidad no está separada de la naturaleza. A medida que ascendemos, arrastramos con nosotros los niveles —inanimado, vegetal y animal— para que vuelvan a la unidad con la fuerza superior.
Los humanos somos la corona de la creación, a condición de que cumplamos con nuestro rol: descubrir la fuerza superior de amor, otorgamiento y conexión, asemejarnos a ella y elevar a toda la naturaleza a ese mismo estado.
Mientras, seguimos en el proceso. Pero el final del proceso ya está escrito y es maravilloso y sublime.


