
En el mundo actual ¿por qué se ha vuelto tan común que tanta gente no tengan fuerzas para levantarse en la mañana, no tenga motivación para perseguir metas ni alegría de vivir ni optimismo hacia un buen futuro? ¿Cuándo cayó sobre el mundo un peso tan grande? ¿podemos encontrar un camino para recuperar el sentimiento de vitalidad? El enfoque integral de la educación ofrece un análisis profundo y una dirección hacia la solución.
Al inicio del siglo pasado, se abrió ante la humanidad un nuevo mundo de tecnología, negocios y competencia. Sabíamos que podíamos obtener grandes beneficios al invertir nuestro esfuerzo. Había impulso por triunfar, crecer y alcanzar estatus y honor. El “sueño americano” se convirtió en una aspiración contagiosa que se difundió por toda la humanidad. Hoy, todas las posibilidades están abiertas, pero el deseo interior desapareció. Cada vez más gente siente el vacío del éxito material: después de sus esfuerzos, siente el mismo vacío. ¿Para qué intentar? La gente va a trabajar por necesidad, pero un agotamiento interior desinfla el sentimiento de vida. En consecuencia, cada vez más vidas se sostienen con pastillas, drogas y alcohol, intentando inyectar algo de color en esta era gris.
En las últimas décadas, el mundo se ha vuelto cada vez más interconectado y al mismo tiempo, cada uno se ha replegado en su propia burbuja. Hemos construido un mundo artificial, donde vivimos detrás de pantallas, levantamos la cabeza sólo cuando nos vemos obligados. Apenas hablamos cara a cara. Vivimos encerrados en nosotros mismos, con la ilusión de independencia, pero, constantemente, absorbemos influencias negativas de aquellos de quienes supuestamente somos “independientes”.
Así crece la brecha entre la dirección integral de la evolución del mundo —que exige reciprocidad, complementariedad y conexión positiva entre todos— y la dirección egoísta del desarrollo humano. Esa brecha es la raíz de la fatiga y la enfermedad. No logramos alinearnos con el mundo interconectado e interdependiente que nos rodea.
Nuestro uso unidimensional y egoísta de las fuerzas de la naturaleza ha llegado a su límite. En la era del mayor ego, usamos la fuerza de recepción sin equilibrarla con la fuerza del otorgamiento. El deseo de tomar, explotar, manipular, abusar y sentirnos con derecho a hacerlo se desbordó en la sociedad. Sin embargo, cuando continuamente recibimos sin devolver, creamos un bloqueo, nos asfixiamos, obstruimos nuestro propio canal de vida. La humanidad aún no lo comprende, por eso, la dirección general sigue siendo la de acumular ganancias materiales, mientras el vacío interior crece.
Por comparación, nuestro cuerpo no puede funcionar de esa forma. Sus sistemas operan en equilibrio, según el método de recibir y dar, de contracción y expansión. Sea en la respiración o en la digestión, todo funciona como positivo y negativo, alternando en una operación equilibrada y armónica, combinando dos fuerzas opuestas.
No obstante, en las relaciones humanas vemos que no hay esfuerzo por alcanzar ese equilibrio y al no hacerlo, nos constreñimos y nos aislamos. Nos parece que si recibimos el siguiente objeto brillante todo estará bien. Pero lo contrario es cierto: sólo nos sentiremos bien si cambiamos nuestro enfoque hacia el otorgamiento y la conexión positiva con los demás. No se trata de una prédica moral, sino de un cálculo simple: dar es tan necesario como recibir, y no tenemos esperanza de sobrevivir ni de ser felices en el mundo integral que se despliega, si no revisamos nuestras relaciones.
Todo esto y más, lo explica el enfoque integral de educación. Ofrece un método completo para desarrollar conexiones humanas positivas. El trabajo se hace en grupos pequeños, de unos diez participantes. El principio rector es: “El amor cubrirá todas las transgresiones” (Proverbios 10:12). Este principio significa que podemos sanar los innumerables problemas actuales —incluyendo fatiga e impotencia— construyendo vínculos cálidos entre todos. La garantía mutua y el amor al prójimo abren todos los bloqueos, hacen circular entre nosotros la fuerza de la vida.
En el grupo aprendemos sobre la naturaleza humana, la naturaleza del mundo y la dirección general del desarrollo integral. El estudio incluye discusiones, ejercicios vivenciales, juegos de roles, desafíos compartidos, actividades culturales, deportes y excursiones. En el corazón del método se encuentra una herramienta llamada “taller de conexión”, un formato de diálogo con reglas especiales que permiten crear una profunda cercanía entre las personas. En estos talleres hablamos de lo que realmente importa en la vida, aprendemos a escuchar desde el corazón, a integrar las percepciones de los demás y a dar y recibir apoyo y aliento.
Para hacer más tangible la experiencia de un taller de conexión, se propone el siguiente ejercicio: cada participante, por turno, mira a los demás y dice a quién “transfiere” sus dolores. “A ti te paso mis dolores de cabeza, a ti mi insomnio constante, a ti mi depresión general…” Cada participante debe entrar en este juego con la máxima seriedad, con la intención de desprenderse de cada dolor. En la siguiente ronda, los facilitadores enfatizan que la transferencia de dolores debe hacerse con cuidado y suavidad, no con el deseo de dañar al otro, sino con odio hacia el dolor mismo. No podemos soportarlo dentro de nosotros y estamos compelidos a liberarlo y compartirlo.
En la etapa siguiente, los facilitadores plantean preguntas para la discusión: ¿Qué podemos aprender de este ejercicio sobre la naturaleza de la conexión humana en el mundo actual? ¿qué se transmiten las personas unas a otras? Cuando alguien desea mal a otros en su corazón, incluso daña en la práctica, ¿qué clase de carga inserta en la red general de conexión humana? ¿cuánta negatividad circula hoy en esa red, podría ser la raíz de todos los problemas que sufrimos? Y si deseamos avanzar hacia la transformación del ego humano en su opuesto, el altruismo, ¿qué interacciones necesitamos? ¿qué ejercicios podrían ayudar a desarrollar el deseo de transmitir sólo bondad entre nosotros?
A medida que el proceso grupal avanza, comenzamos a descubrir que cuidar a los demás, nos sana. Cada fuerza positiva que transmitimos, regresa a nosotros multiplicada muchas veces. Entre los participantes se crea una circulación que sana cuerpo y alma. Las presiones comienzan a equilibrarse y se abren ante nosotros nuevos mundos.


