Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

¿Por qué cualquiera de nosotros podría olvidar a los niños en el automóvil?

olvidar niños en el automóvil

Yo no. Seguro que no. Seguramente yo no. A mí no me va a pasar. Nunca me va a pasar. Lo más preciado en mi vida, carne de mi carne, mi ángel, nunca lo olvidaré en el coche. Estas frases, de una forma u otra, las repite para sí misma toda madre, a sabiendas o sin saberlo. A su amado hijo no lo dejará así, de repente, solo, porque se le borró de la memoria.

Sin embargo, según los datos de la Organización “BeTerem” (el centro de seguridad y salud infantil de Israel, que trabaja en la prevención de daños infantiles), en la última década fueron olvidados ochocientos niños en vehículos, contando con treinta y un casos de muerte, la mayoría de ellos menores de tres años. Estos niños son solo parte de otros miles de casos no reportados. Hace solo una semana, una niña de ocho meses fue olvidada durante varias horas dentro de un automóvil en la ciudad de Safed, al norte del país. Hace menos de un mes un bebé murió después de haber sido olvidado en el vehículo durante horas, y el grito de “¡está inconsciente!” aún resuena por las calles de la ciudad de Modi’in Illit.  

“A mí no me sucederá” le sucedió a la directora de un jardín de infantes; “a mí no me sucederá” le sucedió también a un profesor de formación vial; “a mí no me sucederá” puede sucederle a cualquier padre o madre, de cualquier parte, en segundos de desatención.

La tendencia natural es alejarnos de una tragedia que puede caer sobre nosotros como aguacero en un día despejado. Pero cuando ocurren estos desastres producen una ola de reacciones severas. A pesar del fuerte sentimiento de culpa que no deja a los padres, el público se enfurece y pide castigarlos. Culpan a los padres de una profunda irresponsabilidad, alegando con razón, que estaban ocupados recibiendo un mensaje de WhatsApp.

Raíz del olvido

Todas las razones son ciertas, pero la razón principal tiene raíces más profundas. Es nuestra naturaleza que nos domina. Nuestro ego. Nuestro deseo natural de disfrutar que evoluciona a pasos agigantados, y nos borra, minuto a minuto, todos los momentos de memoria que se han acumulado.

Por lo tanto, no hay razón para culpar a los padres. Es la naturaleza humana –en poderes, deseos, pensamientos–, la naturaleza egoísta que está entrando en una era global y aumentando el ritmo de su desarrollo con mayor intensidad a comparación de las generaciones anteriores. Por un lado, esto no nos exime de responsabilidad, pero por otro, nos supera. El ego no nos deja ver que la naturaleza actúa en nosotros así. Por lo tanto, nos sorprende descubrir cómo personas normativas, por no mencionar a los sensibles profesionales de la infancia temprana, olvidan a los niños en el vehículo.

Nuestro ego fortalece nuestro “yo”, lo eleva en importancia por encima de los demás, al punto de que el apego a quienes nos rodean parece menos importante. El ego nos permite reemplazar una cosa por otra fácilmente. Es la causa de cambios de profesión, o lugar de trabajo de un día para otro. Es el que nos permite divorciarnos y abandonar el hogar con la ilusión de una vida mejor. Él, y no otro, nos insta a preferir la vida independiente a la vida familiar, o en el mejor de los casos, a casarnos y no tener hijos, o casarnos por el mero hecho de no envejecer solos.  

Sí, el ego, con su enorme crueldad, reduce nuestra preocupación por todo lo que nos concierne, incluso por lo más preciado. Nos cautiva, se reviste en nosotros con astucia y exige la mayor atención. Su propósito es uno: llevarnos a la conclusión de que sólo él existe en el mundo y que nosotros existimos para él; que en cada momento de nuestras vidas nos ocupemos de él, de nuestro ego, y solo de él, como un animal que necesita cuidado intensivo.

¿Hasta cuándo actúa el ego en nosotros? Hasta el amargo final. Los antiguos sabios hebreos ya describieron los momentos culminantes: “El ángel de la muerte lleva una espada desenvainada y en la punta de la espada hay una gota de hiel, y el hombre abre la boca, tira la gota y muere”. Y entonces, el ángel de la muerte sonríe. Es decir, nuestro ego, nuestra profunda preocupación por nosotros mismos que nos separa astutamente del prójimo, nos conduce ciegamente hasta el último momento de nuestras vidas.

¿Cuál es la solución?

Pero existe otro camino, una ruta de escape rápida del estrecho egoísmo, que en la Sabiduría de la Cabalá se llama “reconocimiento del mal”. Un proceso acelerado destinado a crear conciencia del enemigo amargo que fluye por nuestras venas. Un camino que enfoca nuestra atención en el hecho de comprender que el ego es el único enemigo en nuestras vidas, que nos amarga y nos produce situaciones terribles y pavorosas, un camino seguro que nos ayuda a erradicar el ego de nuestro interior.

Por lo tanto, así como el olvido de los niños en los automóviles cuenta con una larga e importante lista de consejos para implementar, una variedad de acciones preventivas que van desde hábitos de compra hasta sistemas de alarma para automóviles, así también, simultáneamente, debe ser tratada la causa del olvido, el ego.  

La forma es aumentar la concientización por todos los medios de comunicación de que nuestra naturaleza egoísta es fundamentalmente mala: “El instinto del corazón del hombre es malo desde su juventud” (Génesis). Internalizar que este nos impide sacar beneficio de la vida y nos lleva a evadir el sentido de la vida.

Este no es un proceso de un día, ni tampoco de una sola campaña y nada más, sino un proceso acumulativo que va formando nuestra conciencia social, hasta que sintamos con todas nuestras fuerzas que debemos deshacernos del mal. Solo entonces comenzaremos, cada uno en su propio idioma, a plantearnos preguntas existenciales, por ejemplo ¿cuándo y cómo deshacerse del mal?, ¿cuándo pondremos fin al ego que nos desvía del sentido de la vida?

Mientras tanto, ni siquiera reconocemos que se trata de dos: nuestro ego y nuestro “yo”. Nos parece que se trata de lo mismo.

Al tratar seriamente al ego maligno, descubriremos que está manejado por la Fuerza Superior, la que nos conduce al bien; que es inútil ocuparnos del ego en sí, en cambio, debemos trascenderlo: “todas las transgresiones serán cubiertas con amor”; el propósito del ego fue desde el comienzo reconocerlo como malo, para que deseemos cambiar el instinto que hay en nosotros. Al menos desear que esto suceda. La forma de descubrir el reconocimiento, así como el cambio y el pedido, es por medio de la Sabiduría de la Cabalá, ese método antiguo que comienza a revelarse actualmente día a día.

Con su ayuda, comenzaremos a desarrollar una sensibilidad hacia todos y hacia todo lo que se encuentra fuera de nosotros. Descubriremos una nueva actitud hacia el entorno. No estaremos inmersos solo en nosotros mismos, sino que aprenderemos nuevamente a conectarnos con el prójimo. La sincera preocupación que se formará en nosotros es la que nos asegurará no olvidar a ningún niño. Que tengamos una vida segura.

Publicado en: News

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