Dr. Michael Laitman Para cambiar el mundo cambia al hombre

La singularidad del desarrollo humano

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Un grupo rezan juntos en la playa junto al sitio del condominio Champlain Towers South en Surfside, viernes 25/jun/21. Foto de Pedro Portal / Miami Herald / TNS / ABACAPRESS

Físicamente, los humanos son muy similares a otras especies de simios. De hecho, somos mucho menos capaces: somos mucho más débiles, nos movemos más lento, somos más susceptibles a enfermedades y no podemos trepar a los árboles. Entonces, ¿Cómo nos convertimos en «señores de la Tierra»? La respuesta no está en nuestras habilidades, sino en un deseo único que sólo los humanos tenemos: ¡el deseo de ir más allá de este mundo, el deseo por lo espiritual!

El deseo por lo espiritual hace que nos hagamos preguntas que desarrollan nuestro cerebro, eso a su vez, nos hace más inteligentes que las demás especies, que no cuestionan ni su condición ni sus circunstancias. Pero no sólo preguntamos cómo hacer la vida más cómoda y fácil; también preguntamos y esto es lo más importante, para qué sirve la vida. Todo lo que hemos desarrollado, arte, tecnología, industria, ciencia, religión y filosofía, todo lo que nos hace humanos, pertenece a la búsqueda del propósito de la vida. Esta búsqueda nos ha desarrollado hasta el punto en que nos hemos convertido en señores de la Tierra.

Aunque la búsqueda del propósito de la vida nos ha desarrollado mucho más que a cualquier otro animal, también nos ha dejado intensamente frustrados. El inexplicable frenesí por el que parece estar atravesando el mundo en estos días, se produce debido a este anhelo de encontrar respuesta a la atormentadora pregunta sobre el sentido de la vida. En nuestra búsqueda delirante, que a menudo es un impulso inconsciente, corremos frenéticamente en todas direcciones y destruimos todo a nuestro paso.

Pero, gradualmente nos daremos cuenta de que nuestro propósito, no se encuentra dentro de nosotros, sino entre nosotros. El propósito de la vida es llevarnos a un nivel en el que comprendamos cómo funciona todo y por qué, es decir, que comprendamos el pensamiento detrás de la creación misma. Para lograrlo, no necesitamos estudiar cada parte en específico, sino entender cómo trabajan juntas todas las partes, para crear la realidad. En otras palabras, si entendemos nuestras conexiones, comprenderemos la realidad y nos comprenderemos a nosotros mismos. Sólo así se calmará la locura del mundo.

Para comprender nuestras interconexiones, necesitamos reconstruir la red que la naturaleza creó. Por eso nos tenemos unos a otros. Si construimos las mismas conexiones que existen en el resto de la realidad, entenderemos la realidad. Cuando entendamos la realidad, nos daremos cuenta de que su base es: equilibrio y armonía. Cada parte toma sólo lo que necesita y el resto de sus operaciones ayudan a mantener al sistema. En la sociedad humana, sólo se puede lograr si se fomenta el amor mutuo. En ese caso, cada uno tomará para sí, sólo lo necesario y lo más importante, trabajará de todo corazón en beneficio de la sociedad.

Así como los miembros de una familia son considerados entre sí y se ayudan, porque se aman, la humanidad puede desarrollar conscientemente esas conexiones y comprender la existencia, pues todas las partes de la realidad son instintivamente consideradas y se ayudan y sostienen unas a otras. Dado que lo que tienen todas las creaciones de manera instintiva, a nosotros nos llega laboriosamente y después de mucha reflexión, no somos seres automatizados que funcionen por instintos, sino seres humanos conscientes, que buscan el propósito de la vida y cómo poder lograrlo.

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